Apoyar, aunque no lo entienda
El oficialismo y algunos colaboradores espontáneos están embarcados en un esfuerzo por normalizar la rebelión de Rubén Rocha Moya, y plantear su intento de regresar a la gubernatura como un lance derivado de su arrogancia y mal cálculo político, que fue manejado con talento por la presidenta Claudia Sheinbaum para evitar una fractura en Morena.
Intentan neutralizar información y argumentos sobre el papel que jugó el expresidente Andrés Manuel López Obrador en este affaire , porque aceptarlo sería reconocer que, en efecto, hay un choque entre ellos.
El spin en los medios ha sido reforzado por la presidenta durante dos días en la mañanera, señalando que las columnas políticas que hablan de la intervención de López Obrador son “política ficción” o, abiertamente, escaló ayer, “mentiras” de algunos de nosotros.
No hay que tomarlo personal, sino como parte de la dialéctica de los medios con el poder.
Hay que admitir que la palabra de la presidenta pesa más que cualquier periodista, pero la palabra de la presidenta pesa menos que la realidad.
Y en la realidad en la que nos encontramos, hay que definirse y no entrar en un dilema: todo el apoyo a Sheinbaum, que representa al Estado mexicano y la institucionalidad del país.
López Obrador es un ciudadano más, muy poderoso porque controla los resortes del poder en el movimiento que fundó y tiene lleno de topos el gobierno, pero no representa al Estado.
Si la presidenta quiere mantener en su crítica a los críticos como parte de un relato distractor, es su decisión, pero hacerlo no elimina la afrenta del radicalismo obradorista que está buscando arrebatarle el poder.
Esa intentona es inadmisible.
La rebelión de Rocha Moya tocó el máximo punto tolerable para la presidenta el sábado, cuyos límites estableció en su mensaje en X, en el último párrafo, donde afirmó: “Por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, está el pueblo y la nación”.
El mensaje no es críptico; va dirigido.
“Cualquier nombre” es un término que desacraliza a López Obrador.
Su efecto fue una reversa del ala dura del obradorismo, que en principio respaldó a Rocha Moya y luego lo condenó.
El giro que hizo Morena –cuya líder Ariadna Montiel tiene un origen obradorista–, los gobernadores –puestos todos por López Obrador–, o de algunos legisladores como Ricardo Monreal, coordinador de la bancada en San Lázaro –pieza estratégica del expresidente desde hace más de 20 años–, ha sido interpretado como resultado del manotazo que dio la presidenta.
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