El síndrome pernicioso de la degradación de la política mexicana
La política se ha corrompido.
El ejercicio del poder se ha degradado.
Una profesión tan noble, generosa y comprometida con el bien común se ha convertido en instrumento para hacer negocios, obtener recursos ilegítimos y privilegios.
Se ha olvidado del servicio a la gente y renunciado al compromiso de ejercer los recursos con pulcritud, honestidad y eficiencia.
Los partidos políticos y las organizaciones que directa o indirectamente tienen que ver con esta actividad han olvidado su principal compromiso: encabezar causas sociales y buscar el bienestar colectivo.
Existe un desprestigio de la política y de los políticos.
Los ciudadanos se sienten traicionados y abandonados y no quieren saber nada de estas instituciones.
Ha tiempo que los partidos se han divorciado de sus bases y seguidores.
Se han ganado el desprecio de las y los votantes, que no creen en sus propuestas y menos en su quehacer cotidiano.
La corrupción y la inseguridad son los dos principales problemas del México actual.
Se ha perdido el tiempo con gobiernos de distintos símbolos que no han estado a la altura de las circunstancias.
La transición democrática y la alternancia del poder que permitió el expresidente Zedillo no prosperó en beneficio de la gente y en la solución de sus problemas.
El PAN se hizo bolas y no respondió a la confianza de los ciudadanos.
El PRI, a su regreso, ratificó corrupción, ineficiencia y frivolidad.
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