La gente comienza a amar la IA: mientras, las aulas y las empresas aún buscan cómo establecer una amistad con ella
Jack Kilby inventó el microchip en julio de 1958 trabajando solo en un laboratorio vacío, sin reuniones, sin jerarquías y sin la fricción de la burocracia corporativa.
Hoy esa clase de libertad parece casi arqueológica.
Pero algunos casos recientes sugieren que la creatividad sigue dependiendo de algo más que de las herramientas: de la capacidad de juzgar qué vale la pena construir y para quién.
Un experimento con estudiantes de primer semestre, sin experiencia laboral y con acceso casi irrestricto a herramientas como Claude, ChatGPT y Gemini, puso a los alumnos a resolver problemas reales con alto potencial de impacto social.
En dicha experiencia, el 86% se sintió motivado para continuar en su carrera y el 71% reafirmó su interés en la ingeniería.
Lo más revelador, sin embargo, fue lo cualitativo.
Cuando se les preguntó qué decisiones podían defender, no hablaron de optimizaciones técnicas.
Hablaron de simplificar para que la gente usara la solución sin confusión, de enfocarse en un usuario específico y de iterar con base en lo que probaron.
Sobre sus errores reflexionaron: “ Dejábamos las ideas muy generales y aprendimos a ser específicos ”, y “ A veces abusábamos del uso de la IA.
Aprendimos a revisar y monitorear el proceso de cerca ”.
Esa madurez, creo, es un tipo de reflexión productiva y no es nada cercano al pánico que en algunos lugares parece que resuena.
Steve Blank, creador del curso Lean LaunchPad, describe un fenómeno parecido en su clase de primavera de 2026.
En la primera sesión, varios equipos presentaron productos terminados, no diapositivas ni maquetas.
Los profesores se entusiasmaron, pero el entusiasmo era engañoso.
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