La presidenta remueve al gobernador
El inacabado sainete Rocha obliga a hacer más preguntas.
Sobre todo en lo concerniente a la actuación de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Antes de formular una interrogante crucial, demos por sentado que el efímero y patético retorno de este desacreditado gobernador de Sinaloa ocurre cuando la mandataria está más empoderada que nunca en su todavía joven sexenio.
Sheinbaum tiene ya gente suya en la Fiscalía General de la República y en la Unidad de Inteligencia Financiera; en el SAT ya puso una número dos de su total confianza; provocó relevos en el partido al quitar —que no es poca cosa— al junior del expresidente y a una de sus consentidas, y, desde luego, el líder de los diputados ya se lleva bien con ella y al de los senadores lo desplazó.
No se conoce desavenencia suya con las FFAA y su secretario de Seguridad Pública suscita más simpatías afuera del movimiento que dentro de Morena, donde sin duda también tiene adeptos; el canciller y la principal embajada finalmente funcionan como extensión suya y, por si fuera poco, lleva una tersa relación con la iniciativa privada sin que gobernante alguno de oposición le lleve las contras en público.
Para cerrar: si bien no termina de andar el amasijo en que derivó la reforma judicial, Claudia sí tuvo mano en lo que fue esa manchada elección y en lo que ocurre hoy con los jueces.
No por nada el problemático caso Ruffo es promovido en Palacio como cosa juzgada.
Con tanto poder, la pregunta crucial es qué desea hacer con eso.
Y el affaire de Rubén Rocha podría ser un laboratorio en el que la nación observe en vivo y en directo si la presidenta ya tiene una respuesta para tal interrogante.
Según Adriana Amezcua y Juan E.
Pardinas*, Lázaro Cárdenas ha sido el presidente que más gobernadores ha tumbado.
En su recuento, 19 mandatarios estatales dejaron su puesto en medio de la confrontación del michoacano con el callismo.
Carlos Salinas de Gortari sería el segundo decapitador con 17 gobernantes despelucados (eso sí, algunos de esos cayeron “para arriba”, al gabinete, pues).
“Cárdenas enfrentó una crisis política de alcance nacional, un poder paralelo que amenazaba la solidez de las instituciones republicanas”, dicen esos autores, “mientras que Salinas, en la mayoría de los casos, removió gobernadores para aquietar problemas regionales y proteger su prestigio personal.
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