En medio de una crisis demográfica desatada, Japón encontró un aliado del pasado: el casamentero
Durante más de una década se dio por hecho que la tecnología resolvería la búsqueda de pareja : algoritmos, deslizamientos infinitos y cientos de conversaciones iniciadas a través de una pantalla.
En Japón, sin embargo, cada vez más jóvenes están dando marcha atrás hacia una fórmula que parece pertenecer a otra época .
Agotados por el ghosting , los perfiles engañosos y las charlas digitales que no llevan a ningún lado, hombres y mujeres en sus veintes han comenzado a recurrir a agencias matrimoniales para revivir una figura histórica: el casamentero .
Esta costumbre tiene profundas raíces culturales en el archipiélago.
Durante siglos, la sociedad japonesa se apoyó en el omiai , una práctica en la que familiares, jefes o amistades hacían las presentaciones entre dos solteros con la intención formal de acordar una boda.
Aunque la costumbre resistió el periodo de posguerra tras la Segunda Guerra Mundial, el auge de las relaciones espontáneas y la llegada masiva de las aplicaciones de citas terminaron por arrinconarla. {"videoId":"xa3pee0","autoplay":true,"title":"Nuevos Galax Buds 4 y Buds 4 Pro", "tag":"Samsung", "duration":"105"} Hoy la tendencia vuelve sobre sus pasos.
Las agencias tradicionales reportan cifras récord de registros juveniles y los vagones del metro en Tokio exhiben letreros publicitarios con una consigna contundente: "Mejor un omiai que 100 swipes" .
La paradoja de las aplicaciones y la búsqueda de certezas El problema de fondo con las apps no fue la falta de prospectos, sino todo lo contrario: la abundancia sin rumbo.
Testimonios recogidos por The New York Times reflejan el desgaste que implica hacer match , sostener conversaciones durante días y concretar citas en persona sin saber si la contraparte busca un noviazgo formal o un encuentro casual.
Taizen Yasuda, un joven de 28 años, relató al medio estadounidense que se cansó de esa incertidumbre y prefirió pagar una agencia especializada con un propósito claro: asegurarse de que quien estuviera del otro lado compartiera exactamente su misma meta de casarse .
Una de las empresas más favorecidas con este fenómeno es IBJ , una corporación tokiota que afirma intervenir ya en cerca de uno de cada 25 matrimonios celebrados en Japón, con un incremento de miembros cercano al 50% en los últimos cinco años.
Su esquema industrializa el clásico omiai como una suerte de cadena de producción de bodas: la promesa es acompañar al usuario desde la primera cita hasta la propuesta formal en apenas tres meses.
Para lograrlo, asigna a un asesor que supervisa el cortejo de principio a fin.
El servicio dista de ser económico: la inscripción puede rebasar los 1,000 dólares, sumada a mensualidades y un cobro de éxito de alrededor de 1,300 dólares adicionales cuando la pareja formaliza su compromiso .
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