Historia de don Fulano (y fin)
Don Fulano, cumplido empleado de oficina, parecía con su perpetuo traje oscuro la imagen misma de lo establecido.
Era soltero, pero tan serio que nadie le aplicaba el viejo dicho: “¿Cuarentón y solterón? Maricón”.
La gente atribuía su celibato a ese carácter suyo, reservado, que lo llevaba a no tener amigos y a vivir recluso en su casa, sin salir de ella más que para ir a su trabajo, a las indispensables compras en el mercado “Juárez” y los domingos a la misa de 12 en Catedral.
Lo que nadie sabía es que de noche aquel señor tan serio se convertía en señora.
A don Fulano (cuyo nombre no puedo yo decir) le gustaba vestirse de mujer.
Así vestido se sentía muy bien.
Jamás tuvo trato con varón, aunque a veces –es cierto– lo acometían extrañas sensaciones en la presencia de hombres guapos.
Le encantaba, eso sí, vestirse de mujer.
Lo hacía solamente en su casa, tras de cerrar muy bien la puerta y las ventanas.
Ahí se ponía aquellos vestidos, aquellos zapatos, aquellas pelucas que las chiveras le traían de Laredo pensando que eran para alguna querida que don Fulano tendría.
Pero no: eran para él.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en vanguardia.com.mx — el contenido pertenece a Vanguardia (Coahuila).