Estampas de Cuba: guerra sin bombas
Camino por la calle 19 , en El Vedado .
Transcurre el segundo jueves de agosto , pasadas las cuatro de la tarde.
El sol castiga.
Al llegar al cruce con 18 —allí donde la basura se desborda de los contenedores y atrae una nube de moscas— veo a un joven rubio que lleva un sombrerito de fiesta.
Parece un parrandero trasnochado.
Pero últimamente en La Habana no hay demasiado qué celebrar: ha llovido poco, encaramos los días más cálidos del año, y los efectos del calor se acentúan porque la falta de electricidad impide conservar los alimentos.
El olor a podredumbre domina la calle.
El muchacho hurga en los desperdicios sin darle importancia a las moscas.
De pronto, como quien descubre un tesoro, saca una bolsa, la rasga y allí mismo comienza a roer con avidez lo que a mí, que estoy a un par de metros, me parecen huesos de pollo.
Ya me lo había advertido un colega que lleva meses aquí: espérate a que veas a alguien comer de la basura. (Toparse con personas hurgando en los desperdicios es ya habitual, pero ver a jóvenes, ancianas y niños comiendo allí es distinto).
"Bienvenido a Apagonia", me había escrito por WhatsApp ese mismo colega latinoamericano días antes, la tarde de julio en que llegué a La Habana.
Aunque llevaba años sin venir, confiaba en que no me costaría adaptarme a las difíciles realidades que coexisten en la isla.
A quienes me advertían que la situación no es sencilla, respondía con una cita de El hombre que amaba a los perros , la mítica novela de Leonardo Padura : "Asediados por el hambre, los apagones, la devaluación de los salarios y la paralización del transporte —entre otros males— Ana y yo vivimos un período de éxtasis".
El libro contiene una historia que transcurre en 2004 , en donde se mencionan los problemas derivados del embargo económico impuesto por Estados Unidos contra Cuba en 1960.
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