La negociación Canadá-EU
Lo que está ocurriendo con el T-MEC ya no puede leerse como una simple revisión comercial.
Estamos frente a una renegociación del poder económico de Norteamérica.
Y quien crea que se trata únicamente de aranceles, reglas de origen o déficits comerciales está viendo apenas la superficie.
Estados Unidos decidió no extender todavía el acuerdo por otros 16 años.
Eso no significa que el T-MEC desaparezca: sigue vigente y entra en revisiones anuales.
Pero sí introduce algo que todo gran negociador entiende de inmediato: incertidumbre.
Y la incertidumbre, cuando hablamos de plantas, cadenas de suministro e inversiones de miles de millones de dólares, tiene precio.
Canadá acaba de mostrar hasta dónde puede escalar una negociación.
Tras el fracaso de sus conversaciones con Washington, anunció represalias sobre alrededor de 20 mil millones de dólares de importaciones estadounidenses.
Al mismo tiempo, Donald Trump amenazó con elevar a 50% los aranceles sobre automóviles, camionetas y autopartes canadienses.
Ya no hablamos de retórica: hablamos de decisiones que pueden modificar la arquitectura industrial del continente.
La señal más reveladora quizá vino de Honda.
La empresa advirtió que podría no construir una nueva planta en Norteamérica si no existe certeza sobre la continuidad del acuerdo.
Eso resume el verdadero riesgo: no hace falta destruir un tratado para dañarlo; basta con sembrar dudas suficientes para que una inversión se vaya a otra región.
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