“Lo perfecto es enemigo de lo bueno”
Han pasado 25 años desde aquella primera aplicación en el año 2000.
En estos 25 años, México tuvo cinco presidencias, 12 titulares de la Secretaría de Educación Pública y múltiples reformas educativas, curriculares e institucionales.
Cambiaron los planes de estudio, los mecanismos de evaluación, las instituciones responsables de evaluar y mejorar el sistema y, con ellos, buena parte de las reglas del juego educativo.
Y, sin embargo, hay algo que no hemos conseguido: una mejora sostenida en las competencias que nuestros estudiantes necesitan para aprender, resolver problemas y seguir aprendiendo.
La fotografía de PISA 2025 es conocida, pero vale la pena detenernos en lo que significa.
Sólo tres de cada diez estudiantes mexicanos de 15 años alcanzan al menos el nivel base de competencia en matemáticas.
En lectura y ciencias, lo logran cinco de cada diez.
Dicho de otra manera: siete de cada diez jóvenes están por debajo del nivel base en matemáticas y uno de cada dos en lectura y ciencias.
No estamos hablando de excelencia.
Estamos hablando del piso.
Y ese debería ser el primer punto de acuerdo nacional: antes de discutir cómo construir el sistema educativo más innovador, inclusivo, digital o sofisticado, necesitamos asegurarnos de que funciona razonablemente bien para todos.
Porque alcanzar el nivel 2 de PISA no significa resolver problemas extraordinariamente complejos.
Significa, en matemáticas, poder representar matemáticamente situaciones cotidianas; en lectura, identificar la idea principal de un texto de extensión moderada y localizar información explícita; en ciencias, reconocer explicaciones correctas de fenómenos familiares y valorar conclusiones sencillas a partir de datos.
Ése es el piso que no estamos garantizando.
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