La rebelión de López Obrador
La intempestiva decisión de Rubén Rocha Moya de reasumir la gubernatura de Sinaloa, después de 112 días de licencia y sin contar con el beneplácito de Palacio Nacional, y horas después renunciar —lo que significa que se va para siempre del gobierno—, no debe observarse como el simple berrinche de un político que se resiste a perder el poder.
Estamos frente al primer desafío abierto de AMLO y su grupo contra la presidenta Claudia Sheinbaum y, por lo tanto, ante una fractura que amenaza con crecer conforme Estados Unidos apriete las tuercas sobre los políticos mexicanos señalados por presuntos vínculos con el crimen organizado.
Rocha salió de su madriguera por un momento, mientras las investigaciones en Estados Unidos se conforman en su contra por conspirar con integrantes del Cártel de Sinaloa.
Él rechaza los cargos y sostiene su inocencia, pero el problema político permanece intacto.
Su reincorporación fue unilateral y provocó algo impensable meses atrás: el deslinde prácticamente inmediato de la Presidencia, de Morena y de casi todo el bloque del oficialismo.
Hay un cisma dentro de la Cuarta Transformación.
Rocha Moya difícilmente habría tomado una decisión de semejante tamaño político sin calcular las consecuencias.
Su regreso desafía directamente la estrategia de Sheinbaum para contener una crisis que amenaza la relación con Estados Unidos y coloca nuevamente sobre la mesa la incómoda discusión sobre los personajes del oficialismo investigados o señalados desde aquel país.
El episodio de Andy López Beltrán ya había encendido las alarmas.
Estados Unidos le canceló la visa y la Embajada norteamericana recordó públicamente que ese documento puede ser revocado cuando existan razones para hacerlo.
La reacción del clan López Obrador fue inmediata y pretendió convertir una decisión administrativa estadounidense en un conflicto político.
El mensaje fue evidente: alrededor del expresidente existe enorme preocupación y temor por las decisiones que está tomando Washington.
Mientras eso ocurría, Claudia Sheinbaum enviaba una señal diametralmente distinta.
Omar García Harfuch acudió a Buenos Aires a la Conferencia Internacional para el Control de Drogas, organizada por la DEA y con representantes de más de cien países.
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