Las trampas del poder
El poder es probablemente la peor y más peligrosa de las drogas existentes.
No hay ácido peor que el que da el poder.
Uno puede llegar a pensar que nunca se pasa, que el efecto será permanente, que aquello que por definición es temporal ha adquirido, milagrosamente, la condición de eterno.
Ésa es la primera de sus trampas.
Quien lo ostenta –más temprano que tarde– termina olvidando cómo era su vida antes de ser secretario, diputado, senador y, mucho más importante, presidente.
El viaje con el ácido –algún recuerdo me queda de cuando fui joven– era, sobre todas las cosas, una sensación que te alejaba de cualquier proporción física.
Simplemente dabas vueltas alrededor de una gran liana, mientras buscabas el sentido de tu propia vida.
Bueno, pues el poder es algo parecido.
Es un giro en el vacío donde la primera condición para disfrutarlo consiste en olvidar que es perecedero y que, como el yogur, trae fecha de caducidad.
Después viene todo lo demás.
Nunca existe la verdad; lo que pasa es que no tenemos remedio.
Hoy, como ayer, el devenir político se enfrenta con lo que probablemente sea el mayor enemigo del poder: la verdad.
Podemos seguir contando el cuento, el mejor de todos los cuentos, sobre qué está pasando con la política mexicana.
Podemos vestirlo, explicarlo, convertirlo en doctrina y repetirlo hasta el cansancio.
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