La gran y amorosa promesa
Los programas sociales del obradorismo radican en el futuro.
No son lo que existe hoy, sino mucho más: ya habitan en un imaginario que los beneficiarios esperan –con fundadas razones, porque les llegan los apoyos, y sin atender las preocupaciones sobre su viabilidad financiera a mediano plazo–, que mes con mes se prolongue.
Del hoy al mañana.
Son una esperanza inagotable, y también un empoderamiento político.
Claudia Sheinbaum acuñó una frase en su segundo informe de gobierno que va más allá del paroxismo tan común en este movimiento, sin temor a bordear la cursilería.
Que la presidenta haya dicho que “una de las mayores transformaciones de nuestro tiempo” es “haber convertido el amor en política pública y la política pública en derechos que le pertenecen al pueblo de México” tiene mucho fondo.
Lo que la mandataria está diciendo, nueve meses antes de comicios cruciales para retener la mayoría constitucional en San Lázaro y refrendar la noción de hegemonía en prácticamente todo el país, es que el cordón umbilical que inició en 2018 en forma de asistencia monetaria estará garantizado más allá de lo que escuchen sobre la realidad y sus imponderables; es decir, igual que como se hacen las promesas de amor.
Marginados durante sexenios de una centralidad en la vida política que se tradujera en presupuesto, escenografía electoral del priismo, capas vistas con poco disimulada condescendencia por la tecnocracia meritocrática de la transición, los pobres entendieron desde los 80, luego del sangriento fracaso de la vía armada de los 70, que lo que tocaba era establecer con el gobierno una relación más allá de la sumisión.
Eso fue lo que Morena entendió como nadie tras la derrota del PRI en el 2000; eso es lo que aún hoy, 25 años después, la oposición priista y la panista no comprenden.
Que los pobres y marginados que demandaban un reconocimiento en cuanto actores sociales, particularmente tras el terremoto de 1985, habían esperado demasiado, y que exigían una interlocución distinta, comenzando por el discurso.
Las administraciones del PRI y del PAN creyeron que los esquemas sociales de corresponsabilidad eran la solución ideal.
Hacer que las capas deprimidas “le echaran ganitas” y se hicieran coautores no solo de su superación, sino de no quebrar al Estado al consumir los apoyos que se les otorgaban.
Todo eso mientras las élites empresariales de siempre, y los políticos que se decían distintos o renovados, repetían los abusos.
PRI y PAN, y muchos en la academia y otras plumas de la opinión pública, no entendieron que además de eso había un hartazgo por la forma en que eran ninguneados, por la manera en que se les veía como una variable del Excel antes que como componente fundamental de la sociedad.
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