Frenar el desarrollo de la IA es parte del negocio
El 19 de septiembre, cuatro suscriptores de pago de ChatGPT, Claude, Grok y Gemini demandaron a Anthropic, OpenAI, SpaceXAI y Google en una corte de California.
No los acusan de avanzar demasiado rápido en sus desarrollos de IA.
Los acusan de ponerse de acuerdo para avanzar demasiado lento, algo que la ley antimonopolio prohíbe.
La demanda se apoya en una secuencia de fechas difícil de explicar como coincidencia.
El 12 de septiembre, Dario Amodei publicó un ensayo pidiendo a la industria bajar el ritmo.
Ese mismo día, los directores de OpenAI y SpaceXAI, y el cofundador de Google DeepMind, salieron a decir en público que estaban de acuerdo con él.
El 23 de septiembre, Altman y Amodei se presentaron juntos ante el Consejo de Seguridad de la ONU a pedir reglas internacionales, con el respaldo de António Guterres y el rechazo explícito de Donald Trump.
Cuatro empresas que compiten entre sí a muerte, y que jamás coinciden en precios ni en tecnología, coincidieron en una sola semana en que había que frenar.
La demanda probablemente pierda en tribunales.
La pregunta que deja abierta no se resuelve tan fácil.
Empecemos por los insumos.
Entrenar y operar los modelos más avanzados depende de un tipo de memoria llamada HBM, que escasea desde hace meses y encareció los procesadores en todo el mundo, hasta 50% en algunos mercados chinos.
Un estudio del instituto japonés RIKEN calcula que, si esa escasez sigue, la IA de punta será un lujo que pocos podrán pagar para 2030.
Encima de ese problema hay otro más grande: China controla cerca de 70% de las tierras raras del mundo y casi todo su refinamiento.
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