Hablemos de Dios 292: La muerte no me preocupa
En honor a la verdad, estoy más muerto que vivo.
Y da gusto.
Eso de ser eterno es una torpe charada y en lo personal, ni me va ni me viene.
Con esta parcela y “chingadazo” de vida viva, he tenido. ¿Ser eterno? ¿Cómo para qué? La vida aprieta en la ventana.
Aprieta la vida misma, y no la muerte.
En mi caso, ya no aprieta solamente, sino que es imperativo prepararse para el final.
El gran final. ¿Es tremendismo y falsa alarma? No lo sé, pero a mis 61 años muy raspados, por cierto, ya no me quejo; al contrario, si alguien los ha disfrutado y a mares, es este escritor. ¿Ser eterno? Se lo repito de nuevo: en lo más mínimo.
Cuando llegue la hora de mi muerte, pues espero sea bienvenida.
Para descansar, estar en silencio alrededor y espero, en paz.
Tal vez vaya a extrañar varias cosas.
La primera, escuchar mi música favorita.
Decía el amargo de E.M.
Cioran, que la música es el único arte verdadero.
Le creo.
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