Comprar amores
Don Santos García se dedicaba a comprar y vender puercos.
Puercos, dije.
Y no pido perdón como hacía Sancho –el del Quijote– cada vez que pronunciaba esa palabra.
Puercos se llaman esos animales, y ningún caso tiene disfrazar el vocablo con algún eufemismo a la manera de aquel por el cual al cerdo se le llamaba “el de la vista baja”.
Otros nombres pueden usarse, sí, para citarlo, como se hace en el antiguo refrán que dice: “Cuatro comidas tiene el poblano: cerdo, cochino, puerco y marrano”; pero puercos se llaman esos animales, y no hay de otra.
Compraba y vendía puercos, pues, Santos García.
Empezaba muy de mañana su jornada.
Tenía una troquita vieja.
En ella iba rancho por rancho comprando los marranos que le querían vender.
Con ellos tornaba al caer la tarde, y los carniceros le pagaban buenos centavos por los chanchos.
Esa era la vida de don Santos García.
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