Cuando los pueblos pagan las decisiones del poder
Era octubre de 1973 y vivíamos en Rehovot, Israel, cuando estalló la guerra de Yom Kipur.
Las sirenas antiaéreas rompían la calma del barrio a cualquier hora, a veces a las tres o cuatro de la madrugada.
Corríamos a los refugios con nuestros hijos pequeños en brazos, sin saber qué iba a pasar.
Allí nos juntábamos todos: judíos ortodoxos y liberales, palestinos, yemenitas, cristianos y nosotros, una familia mexicana que había llegado a Israel a estudiar.
Nadie le preguntaba al de junto en qué creía ni de dónde venía.
Teníamos el mismo miedo y, con él, una solidaridad que no he olvidado.
Nunca nos cayó una bomba cerca, pero el sonido de aquellas sirenas no se me ha ido.
Más de cincuenta años después, cada noticia de Medio Oriente me devuelve a esos refugios.
Pienso en los maestros, los compañeros, los comerciantes y las familias con quienes convivimos.
Pienso en los israelíes que hoy vuelven a oír sirenas, y también en los palestinos de Gaza, en los libaneses, los iraníes y los yemeníes que viven a la espera del próximo ataque.
Cada uno tiene una historia que no cabe en un titular.
A ninguno de esos pueblos se le puede confundir con sus dirigentes.
Los israelíes no son Netanyahu, los palestinos no son Hamás, los libaneses no son Hezbolá, y no todos los iraníes están con su gobierno.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en vanguardia.com.mx — el contenido pertenece a Vanguardia (Coahuila).