Trump, el dictador de la Casa Blanca
El joven Terebinto se casó.
En la noche de bodas su novia Camalina lo llevó al culmen de la pasión sensual.
Le prodigó inéditas caricias que él jamás imaginó ni en sus más febriles fantasías; puso en práctica exóticas posturas no registradas por el Kama Sutra ni por “The Joy of Sex”; le brindó placeres de lascivia que sólo las más expertas cortesanas o las más sabias hetairas, odaliscas o huríes habrían podido proporcionar.
No obstante eso, al terminar aquel deleitoso acto, Terebinto le presentó una queja a Camalina: “No eras señorita”.
Le preguntó ella: “¿Te gustó lo que te hice?”.
“Mucho” –admitió el novio–.
Le dijo Camalina: “¿Y crees que todo eso lo aprendí en modo virtual, o en un curso por correspondencia?”...
“¡Joder! –exclamó lleno de enojo el hombre de la Edad de Piedra dirigiéndose a su mujer–. ¿Ahora que maté mi primer mamut me sales con la novedad de que eres vegetariana?”...
En el gallinero doña Holofernes pisó inadvertidamente los huevos que había puesto una gallina.
Ante la estupefacción de la granjera, la gallinácea habló.
Le dijo hecha una furia: “¿Por qué no se fija por dónde va? ¿Qué le parecería que yo le rompiera los de su marido?”. (Nota aclaratoria: Los animales sólo hablan en las fábulas y en algunas tribunas políticas)...
Don Juanito de la Peña, apodado con cariño “El Toca” porque a todos les decía tocayo, era profesor de Química en el glorioso Ateneo Fuente , honra y prez de mi ciudad, Saltillo.
Una mañana estaba haciendo un experimento ante sus estudiantes.
Les anunció, solemne: “Mezclaré el contenido de esta probeta con el de esta otra, y resultará un líquido blanco”.
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