Luis Ayhllón y la excitación escénica, por Jorge Ayala Blanco
En ¡Oh, fortuna! (México, 2025), heteróclito cuarto largometraje del dramaturgo y guionista capitalino vuelto ambicioso autor fílmico total de 50 años Luis Ayhllón ( Dodo 14, Nocturno 16, Perdida 24;), con guion y edición suyos, todo comienza en blanco/negro una bella y triste mañana de verano (según reitera en pasado una voz narradora usando el tiempo pasado) cuando la enérgica actriz postuniversitaria de gafitas María (Marya Fernanda Sotelo) regresa a su depto chilango y encontró sus pertenencias amontonadas sin piedad a la puerta del edificio, pues a causa de la pandemia recién padecida se halla sin trabajo e impedida para pagar la renta durante un año, y sólo va a ser consolada por su guapo compañero de clase Carlos (Carlos Abraham Gongo) que se apiada de ella y, ya de pronto la película en tenues colores (cosa que será duradera), solidariamente la convida a instalarse en la mansión donde él habita y que, según dice, pertenece a un tío viajero, una regia mansión llena de jardines y espacios semivacíos donde María se siente feliz y con la libertad de montar una removedora obra de teatro callejero , llamando y reuniendo a otros colegas actores al igual que ella jóvenes de sólida formación académica ultradisciplinada y desempleados: Neto ( Ernesto Rocha ), Manuel (Emmanuel Pavía), Ale ( Alejandra García ), Margo ( Margareth Linares ) y Alexis ( Alexis Briseño ), disputándose alegremente la dirección del grupo con el ambicioso fanático del teatro griego en Grecia formado Paco ( Francisco Aurelio Sánchez ) que pretende ensayar y ofrecer una agresiva experiencia europea de vanguardia, en vez de la pieza propuesta por María y finalmente votada en forma democrática y elegida por todos: el Pluto de Aristófanes , en versión debidamente actualizada para que vuelva a florecer su sentido virulento e intemporal, pues Pluto (“Como el perro de Mickey Mouse”, se burla Paco) es el Dios del Dinero que por su ceguera favorece a los abusadores (ahora “políticos, narcos y banqueros”) en detrimento de los seres comunes, despojados y convertidos en esclavos suyos: “¿Qué triste es ser esclavo del dinero”, van a gritar y a bailar numerosas veces a coro los chavos subversivos (pues los helenos clamaban y danzaban mucho), ante un público de patéticos miserables indigentes y viejos desposeídos, y finalmente mudándose todos a la mansión paradisiaca, declarando inaugurado su propio Centro de Investigación Teatral, donde sobreviven malcocinando entre amigos y recabando cooperaciones limosneras, admitiendo por consenso entre sus filas al fan drogo aspirante a actor David ( David Zambrano ), al hombre pequeño Checo ( Sergio Biviano Anaya ) que resulta ideal para encarnar al Dios Dinero, a una Abuela que fallecerá poco después con propósitos melodramáticos, y la rebelde madre fuga
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