Una Canadá europea
Hace apenas unas semanas, el presidente finlandés, Alexander Stubb, bromeó con que sería “hermoso” que Canadá fuera el estado 28 de la Unión Europea, en lugar del estado 51 de los Estados Unidos.
La frase parecía una provocación humorística hasta que este miércoles, la presidenta de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, ofreció a Canadá ser el primer “miembro asociado” del bloque.
Si bien esta figura como tal no existe actualmente en los tratados europeos, en el caso de diseñarse y aprobarse por los Estados Miembros, sería una asociación inédita que traduce una clara afinidad política en un proyecto de integración estratégica.
El telón de fondo es terreno fértil para asociaciones de este tipo.
No es de extrañarse que la guerra arancelaria de Donald Trump, la parálisis de reguladores como la Organización Mundial del Comercio, la volatilidad de los mercados y la creciente necesidad de asegurar la seguridad frente a riesgos inusitados lleve a una suerte de oposición global en donde, como Carney mismo mencionó en su famoso discurso en Davos, los middle powers puedan hacer frente a las tensiones y reducir su dependencia a las grandes potencias.
A primera vista, el acuerdo comercial vigente entre Canadá y la Unión Europea, denominado CETA, parecería suficiente.
Sin embargo, varios países del bloque, entre ellos Francia, no lo han ratificado.
Lo que ahora se perfila rebasa a lo comercial e innevitablemente supone un reacomodo geopolítico.
Por un lado, en un momento en el que la invasión Rusia a Ucrania continúa y la guerra en Oriente Medio se ha extendido a más actores, Europa es una de las regiones del mundo más expuestas en materia energética.
Canadá le permitiría asegurar un mercado que no está directamente atravesado por el conflicto, asegurando así el abastecimiento de gas natural licuado.
Y no sólo eso, pues Canadá podría convertir su gas, uranio, hidroelectricidad, minerales críticos en activos a la venta para socios políticamente más predecibles.
Por su parte, la carrera tecnológica refuerza el interés mutuo.
China domina buena parte de la refinación y manufactura de minerales críticos y componentes necesarios para baterías, energía limpia y alta tecnología.
Para contrarrestarlo, Canadá representa un aliado clave que cuenta con recursos como el litio, el níquel, el cobalto, el grafito y otras tierras raras.
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