Navegar en la penumbra: la gestión de la incertidumbre extre
Venezuela representa, en última instancia, el laboratorio de estrés gerencial más riguroso de la región
«El éxito de una organización no se mide por la calma de sus aguas, sino por la agilidad estratégica de su timonel en medio de la tormenta perfecta.»
La gestión empresarial global ha transitado por una evolución vertiginosa en los últimos años.
Lo que antes constituía la vanguardia de las escuelas de negocios internacionales -la adopción del marco VUCA (Volatilidad, Incertidumbre, Complejidad y Ambigüedad) o la migración hacia modelos BANI (Quebradizo, Ansioso, No lineal e Incomprensible)- ha dejado de ser una simple abstracción académica para convertirse en la gramática obligatoria de la supervivencia corporativa.
Hoy en día, el paradigma gerencial dominante dentro del marco mundial promueve estructuras organizacionales caracterizadas por la hiperagilidad, la digitalización acelerada, la concepción-adopción-e-implementación de decisiones basada en big data, y una marcada orientación al bienestar del talento humano.
Las corporaciones globales celebran la innovación disruptiva, la sostenibilidad y las metodologías Agile como estandartes de competitividad.
Sin embargo, cuando estos modelos conceptuales se trasladan al contexto macroeconómico y operativo latinoamericano (y muy especialmente al ecosistema empresarial venezolano), la teoría ejecutiva tradicional sufre un choque de realidad insoslayable.
Comprender la dinámica gerencial en Venezuela exige una honestidad intelectual sin miramientos.
El directivo venezolano no administra procesos bajo condiciones de normalidad; opera en lo que la literatura administrativa califica como un "entorno de hostilidad extrema".
Las variables macroeconómicas del país delinean un escenario en el que la planificación estratégica formal a largo plazo resulta prácticamente utópica:
Las fallas en los servicios públicos, fundamentalmente los continuos e impredecibles racionamientos y cortes eléctricos, restan cerca de un 44% de la capacidad operativa real del aparato productivo nacional. La pérdida continuada de horas-hombre, el deterioro de maquinarias y la parálisis de cadenas de frío y servidores imponen un impuesto invisible, pero demoledor a la productividad local.
Gobernar la tesorería bajo un esquema de múltiples tipos de cambio, distorsiones de liquidez y brechas cambiarias recurrentes destruye la previsibilidad del flujo de caja. La fijación de precios, la reposición de inventario y el cálculo de la rentabilidad real se transforman en un ejercicio diario de malabarismo financiero.
La mutabilidad de la normativa fiscal, la discrecionalidad regulatoria y la ausencia de garantías normativas claras constituyen un severo freno inhibitorio para el flujo de capitales. Esta asfixia de la inversión extranjera y local priva a las empresas del financiamiento indispensable para su modernización tecnológica y expansión.
Bajo este panorama, pretender aplicar los manuales de dirección corporativa concebidos para economías estables resulta inviable. Gestionar en Venezuela requiere una reconversión ontológica del rol directivo.
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