Antonio Ledezma: El daño más profundo a superar
Venezuela atraviesa una catástrofe múltiple.
Sus instituciones fueron demolidas; la libertad ha sido conculcada; el Estado de derecho quedó sometido a la arbitrariedad y derechos esenciales, como la propiedad, la libre expresión y el acceso a una justicia imparcial, padecen una larga noche de restricciones.
La tragedia se palpa en cada servicio que dejó de funcionar, en cada familia separada por el exilio, en cada hospital desasistido y en cada escuela que abre sus puertas con recursos insuficientes.
El daño ecológico también tiene la dimensión de una herida nacional.
En el Arco Minero, la devastación de bosques y el uso de mercurio y otros tóxicos han comprometido ecosistemas y cursos de agua que pertenecen al porvenir de Venezuela.
La industria petrolera, que durante décadas sostuvo una gran parte de nuestra economía, perdió capacidad operativa junto con instalaciones y refinerías deterioradas.
A ello se suman el expolio de recursos públicos, las redes de corrupción cambiaria que gravitaron alrededor de Cadivi y el abandono de infraestructuras estratégicas, incluidos oleoductos saqueados.
La ruina tiene, además, rostros.
Son los millones de venezolanos forzados a buscar futuro lejos de su tierra; son los niños que padecen desnutrición; son las familias que organizan su vida alrededor de apagones, de la escasez de agua potable y de la incertidumbre de una atención médica.
Son los médicos, enfermeros, profesores y maestros que han debido emigrar o buscar otros oficios para sostener sus hogares.
Sin embargo, entre tantas pérdidas hay una que me conmueve de manera particular: el daño infligido a la educación venezolana.
Allí está la lesión más honda, porque alcanza al niño de hoy y condiciona al ciudadano, al trabajador, al investigador y al padre de familia de mañana.
Un país puede reparar una carretera, recuperar una refinería y reconstruir una planta eléctrica.
Recuperar los años de aprendizaje perdidos exige una tarea más paciente, más vasta y más humana.
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