La ciencia que categoriza
Durante buena parte del siglo XX, evaluar la actividad científica significaba centrarse en lo que se podía cuantificar, como artículos, citas, índices, títulos y cargos institucionales.
Ese lenguaje ordenó trayectorias, pero dejó en penumbra parte del trabajo que hace posible investigar, innovar y transformar el conocimiento en bienestar.
Hoy emerge una idea más fértil, fundamentada en que valorar la ciencia exige observar el ecosistema completo que la produce.
La «Declaración de San Francisco sobre la Evaluación de la Investigación» (también conocida como DORA) es una iniciativa internacional que promueve medir las contribuciones por su contenido, calidad, alcance e impacto.
A esta tendencia se suman los currículos narrativos impulsados por el «UK Research and Innovation» y la « Swiss National Science Foundation », que amplían la perspectiva más allá del artículo científico e incorporan datos, software , metodologías, formación de talento, trabajo en equipo, relación con usuarios e incidencia social.
Así, la trayectoria deja de presentarse como una sucesión de credenciales y comienza a leerse como una trayectoria profesional verificable pues está sustentada en evidencias.
Así mismo, la «Coalición para el Avance de la Evaluación de la Investigación» (CoARA) lleva este razonamiento a niveles sin precedentes al promover una valoración cualitativa, multidimensional y sustentada en el juicio profesional.
En este sentido, en los Países Bajos, el programa « Recognition & Rewards » y el « Strategy Evaluation Protocol » incorporan dimensiones como la calidad, la relevancia social y la apreciación contextualizada.
La cifra conserva su utilidad, aunque adquiere significado cuando se relaciona con las circunstancias, las funciones desempeñadas y los resultados alcanzados.
En esta dirección, América Latina aporta, a través del Foro Latinoamericano sobre Evaluación Científica (Folec), un examen sensible a la relevancia social, la ciencia abierta, la diversidad de saberes y las características propias de cada entorno.
Así, el conocimiento puede germinar en un laboratorio y también madurar en una plataforma tecnológica, una planta industrial, una estación de campo, una cooperativa o una comunidad capaz de convertir experiencia, saber acumulado y aprendizaje colectivo en soluciones concretas.
La implementación de estas iniciativas en Venezuela es clara, ya que, cuando el sistema reconoce diversas formas de contribuir, cada actor encuentra una ruta legítima para demostrar su contribución, incluso más allá de los espacios academicistas.
Desde esta columna he ratificado en múltiples ocasiones que evaluar mejor significa observar mejor.
Un sistema nacional de innovación gana capacidad cuando identifica, conecta y reconoce el valor distribuido entre sus participantes.
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