El apetito de Pulgasari: cuando las revoluciones devoran a sus hijos, por David Mendoza
Conocí a Mario Acuña Santaniello cuando todavía no sabíamos si la literatura iba a devolvernos algo.
Éramos aspirantes a escritores que, con la inocencia creativa de quienes intentan subvertir técnicas que aún no dominan, fundamos “Treta” —el artificio, la trampa, el engaño deliberado—, y en ella compartimos un taller de poesía, algunas obsesiones y muchas más preguntas que certezas.
Luego cada quien tomó su rumbo.
Pero algunas preguntas sobrevivieron.
Para Mario, una fue la pregunta por el poder: cómo se instala, se mantiene y termina convirtiéndose en aquello que prometió destruir.
Esa pregunta encontró su forma más acabada en El apetito de Pulgasari.
El origen de la metáfora que da título a la novela es tan extraño como fascinante.
Kim Jong-il, el dictador norcoreano y padre del actual líder, era apasionado del cine.
Tanto, que ordenó el secuestro del director surcoreano Shin Sang-ok y su esposa para producirle propaganda.
Entre esas películas estuvo Pulgasari, un Godzilla proletario que nace de una figurilla de arroz, cobra vida al recibir una gota de sangre y crece alimentándose de metal.
La criatura se convierte en un arma invencible al servicio de la revuelta campesina, pero cuando derrota al tirano y se acaba el metal, los campesinos deben entregarle sus herramientas para mantenerlo con vida.
La revolución, sin quererlo, ha engendrado un monstruo que empobrece a quienes debía liberar.
Mario toma esa criatura y la instala en Venezuela.
Su Pulgasari no viene de fuera; nace dentro de una revolución y la termina devorando.
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