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La memoria de un abrazo

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La memoria de un abrazo

Hay fotografías que conservan la respiración de un segundo y otras que nacen con la obstinación de impedir que un país desaparezca bajo el polvo del olvido. Esta pertenece a las segundas (*) . No inmoviliza solamente un abrazo: guarda el instante en que una nación dispersa volvió a encontrarse en el corazón mismo de la desgracia.

La primera vez que vi la fotografía, creí estar viendo a dos amigos. Nadie abandona el peso entero de su tristeza sobre el hombro de un desconocido. Ningún cuerpo se desploma de ese modo sin la confianza que solo concede una vida compartida. Había en aquella escena la intimidad antigua de quienes han aprendido a sufrir juntos: un muchacho con los ojos cerrados, derrotado por el llanto, y otro sosteniéndolo con la serenidad silenciosa de quien sabe que existen dolores frente a los cuales la única respuesta posible consiste en no marcharse.

Días después descubrí mi error. No eran amigos. Nunca lo habían sido. Ni siquiera conocían el nombre del otro. Aquella revelación transformó la fotografía en algo mucho más hondo que el registro de un gesto compasivo. Comprendí entonces que existen tragedias capaces de presentar primero a las personas y después a los nombres; catástrofes que derriban todas las ceremonias de la vida cotidiana y levantan, en apenas unos minutos, una hermandad allí donde antes solo habitaban los desconocidos .

Jefferson Sucre paseaba perros por las calles de Bogotá cuando comenzó a advertir que algo invisible recorría la ciudad. Personas inmóviles en las aceras miraban fijamente la luz de sus teléfonos; algunos lloraban sin pudor, otros insistían en marcar números que permanecían mudos. Nadie alcanzaba todavía a comprender la magnitud de lo ocurrido. Solo al regresar a la habitación donde vive encontró la respuesta. Los mensajes se acumulaban preguntándole si sabía qué estaba pasando en Venezuela. Al revisar su teléfono comenzó el desfile interminable del desastre: edificios abiertos, calles cubiertas por un polvo que parecía haber envejecido de golpe, familias escarbando entre los escombros en busca de voces de auxilio, hombres removiendo concreto con las manos desnudas.

Toda su familia seguía en Venezuela. También sus hijos. Pero el dolor no nacía únicamente de la distancia. Brotaba de descubrir que esa distancia podía convertirse, de un instante para otro, en la forma más cruel de la impotencia.

Ángel Rodríguez recibió las primeras noticias mientras trabajaba. Al principio creyó que se trataba de otro de esos temblores que terminan convertidos en conversación de sobremesa. Bastó ver algunas imágenes para comprender que aquella vez la tierra había decidido cambiar para siempre la vida de miles de personas. Poco después supo que un amigo había muerto junto a su hijo de diez años y que la casa de su padre había quedado gravemente afectada.

Lo primero que ambos quisieron hacer fue regresar. No físicamente. El exilio posee una lógica despiadada: las distancias no se miden en kilómetros, sino en la imposibilidad de estar donde el corazón hace más falta.

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