Cuando el destino lo escriben otros, por Alexander Cambero
X: @alecambero Como dos enormes depredadores, Washington y Pekín persiguen controlar el anhelado petróleo venezolano.
El interinato local ha forjado acuerdos con ambas potencias con el fin de subsistir.
Estos pactos se han establecido en diferentes momentos y circunstancias, pero todos comparten la misma intención.
Dichos compromisos perjudican el futuro de Venezuela y ponen en riesgo gravemente nuestra soberanía.
Aquí no hay uno mejor que otro; simplemente responden a sus intereses a expensas de los nuestros.
Esos convenios son ignorados por la población.
Un gobierno ilegítimo compromete los recursos naturales del país como si fueran de su propiedad; esta posición vergonzosa es inaceptable.
Regresamos a los inicios de la explotación de los hidrocarburos, cuando la desigualdad era palpable.
Ni siquiera se puede comparar con la ley petrolera de 1943, del gobierno del General Isaías Medina Angarita, que proponía el modelo 50/50, es decir, la distribución equitativa de ganancias.
Sin embargo, fue el 31 de diciembre de 1945 cuando la Junta Revolucionaria de Gobierno, liderada por Rómulo Betancourt, implementó un acuerdo que resolvía la diferencia porcentual de 43/57 a favor de las empresas petroleras.
Como dato curioso: resulta increíble que el convenio firmado por el dictador Juan Vicente Gómez hace más de un siglo fuera más ventajoso que el actual acuerdo.
El pacto de Venezuela con Estados Unidos abarca 17 campos petroleros que producirán aproximadamente 65.000 millones de barriles de crudo.
El régimen declaró que este convenio tendría una duración de veinticinco años.
Con China, la deuda asciende a unos treinta mil millones de dólares que se salda enviando setecientos mil barriles al día.
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