El que espera, desespera, por Tulio Ramírez
El sonido del celular me despertó.
Eran las 3:30 de la madrugada de un día jueves.
Me dije, «¿quién estará llamando a esta hora? En la madrugada solo llaman los amigos borrachos y amanecidos; los novios despechados, los que tienen alguna emergencia, o los que te avisan que acaba de fallecer alguien conocido».
Mientras intentaba levantarme para buscar el bendito celular, pensé «por razones obvias descarto al novio despechado y mis amigos desde que cumplieron los 70 años, ya no se echan palos los días de semana».
En ese momento me despabilé, «caray, seguro que es una emergencia».
Después de 7 repiques, no ubicaba al aparato.
Un grito reclamando mi lentitud salió de alguna de las habitaciones.
Finalmente conseguí el dichoso celular. «Aló, ¿quién es?», pregunté esperando lo peor.
No hubo respuesta. «¿A mundo, seguro que Roberto se murió?».
El como siempre de atorado, no esperó a que lo visitara mañana en la clínica.
Sabía que esa cirrosis se lo iba a llevar de un momento a otro».
Insistí nuevamente, «aló, aló, ¿quién habla?» Escuché el «tu, tu, tu» típico de una llamada cuando se cae.
Me puse nervioso. «¿No será que volvieron a invadir y me están avisando? En enero pasó algo parecido, me despertaron a medianoche para notificarme que estaban bombardeando la ciudad».
Esperé a que volviera a repicar y nada.
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