La Otra Cara "El aro en entredicho" Por José Luis Farías
Mi apreciado amigo Rafael Simón Jiménez afirmó recientemente que María Corina Machado había entrado por el aro.
La frase, dicha por él, no era un dardo menor: era una manera elegante de sentenciar que la líder había terminado por aceptar las imposiciones de Washington.
Y las circunstancias, que suelen ser consejeras untuosas y mentirosas, parecían concederle la razón al respetado analista.
Todo apuntaba a que el aro, ese perímetro incómodo donde las voluntades se domestican, había cerrado por fin sobre su figura.
Pero las últimas declaraciones de la líder al New York Times —en las que arremete contra Betancourt, denuncia su exclusión de la negociación y, con pulcra sutileza, arroja sombra sobre el acuerdo petrolero— hacen pensar todo lo contrario.
Y ahí está el detalle: en la sutileza.
Porque no se sale del aro con un portazo, sino con una frase bien puesta, con una sombra medida, con una denuncia que parece un susurro y termina siendo un muro.
No hay que confundir el silencio con la sumisión ni la pausa con la claudicación.
La política, como el río, tiene remansos que parecen detenciones y son, en realidad, respiraciones antes del salto.
Jiménez, analista de fina lectura, leyó el remanso como desembocadura; las circunstancias, que gustan de prestar razón a los respetados, le tendieron la alfombra.
Pero el New York Times no es una vitrina para posar: es un espejo donde las palabras se agrandan y las sombras se vuelven evidencia.
Allí, María Corina no entró por el aro: lo nombró.
Denunció la exclusión, atacó a Betancourt y dejó caer, con la elegancia de quien no necesita gritar, la duda sobre el acuerdo petrolero. ¿Eso es entrar por el aro? Más bien parece lo contrario: es poner el aro en entredicho.
Es decir, sin decirlo, que el aro no es el país.
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