Transición, no transacción
Venezuela tiene una historia de la que puede sentirse orgullosa.
Fue una de las chispas que encendieron la libertad en Suramérica y, a mediados del siglo XX, construyó una de las democracias más sólidas de la región.
Fue también tierra de acogida para quienes huían de los totalitarismos europeos y para miles de latinoamericanos perseguidos por dictaduras y movimientos violentos.
Esa historia importa.
Venezuela no es un país al que se le pueda poner la pata encima y mucho menos uno cuyos recursos puedan repartirse según la conveniencia de otros.
Los venezolanos podemos sentir agradecimiento hacia Estados Unidos por haber contribuido decisivamente a librarnos de una tiranía.
Pero sería un grave error confundir agradecimiento con aceptación.
Una cosa es reconocer la ayuda recibida y otra renunciar al derecho de decidir nuestro destino y la manera como deben administrarse los recursos de la nación.
Tampoco tendría sentido sustituir, con otros nombres y otros beneficiarios, algunas de las prácticas que condenamos durante tantos años simplemente porque permiten hacer negocios más rápidamente.
Una transición democrática no puede convertirse en una transacción La reconstrucción de Venezuela debe comenzar por instituciones, transparencia, competencia y rendición de cuentas.
Los grandes acuerdos sobre nuestros recursos naturales no pueden depender de relaciones privilegiadas ni de decisiones cuyos términos y beneficiarios los venezolanos desconocen.
Estados Unidos debería ser el primero en comprenderlo.
Durante la presidencia de John F.
Kennedy, Venezuela fue uno de los pilares de la Alianza para el Progreso y uno de sus aliados democráticos más confiables en América Latina.
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