Alberto Adriani: El genio truncado que enseñó a sembrar el petróleo, por Willian Hernández
Hablar de la Venezuela contemporánea y de su encrucijada energética exige, de manera ineludible, volver la mirada hacia la figura de Alberto Adriani Mazzei.
Nacido el 14 de junio de 1898 en las tierras andinas de Zea, estado Mérida, este hijo de inmigrantes italianos creció con una arraigada sensibilidad hacia la tierra y el trabajo agrícola que definiría toda su obra.
Tras iniciar sus estudios de Derecho en Caracas, su formación alcanzó la cumbre en Europa, donde se doctoró en Economía y Ciencias Sociales por la Universidad de Ginebra.
Aquella sólida preparación técnica, sumada a su dominio de varios idiomas y a su desempeño diplomático en la Sociedad de Naciones y en la Unión Panamericana en Washington, lo convirtió en el economista más preparado e internacionalista de la Venezuela de principios del siglo XX.
Cuando la dictadura de Juan Vicente Gómez llegó a su fin en diciembre de 1935, Adriani no lo dudó: regresó de inmediato a su patria para ponerse al servicio de la reconstrucción institucional.
Su paso por la gestión pública fue tan breve como fulgurante.
En febrero de 1936, el presidente Eleazar López Contreras lo designó como el primer Ministro de Agricultura y Cría de la historia del país, un despacho creado bajo su propio impulso para rescatar al campo venezolano del abandono.
Apenas dos meses más tarde, asumió la titularidad del Ministerio de Hacienda, plataforma desde la cual sentó las bases conceptuales para la modernización fiscal y la posterior fundación del Banco Central de Venezuela y del Banco Agrícola y Pecuario.
Fue precisamente en esos años de ebullición política cuando Adriani formuló el diagnóstico más lúcido y temprano sobre la paradoja rentista venezolana, anticipándose por décadas a lo que la teoría económica mundial bautizaría más tarde como la «enfermedad holandesa».
Al observar cómo el vertiginoso auge minero encarecía los costos internos, apreciaba la moneda y asfixiaba los campos productivos de café y cacao, Adriani acuñó la célebre máxima que resumía toda su doctrina: «Es menester sacar el mayor provecho de la riqueza pasajera del subsuelo para crear la riqueza permanente del suelo».
Para el insigne hacendista, el petróleo no era una renta infinita para el gasto corriente, sino un capital transitorio y agotable que debía destinarse a financiar la educación, la infraestructura y el aparato agroproductivo nacional.
Esta contundente premisa fue la fuente conceptual directa que inspiraría meses después el afamado editorial de Arturo Uslar Pietri sobre la urgencia de «sembrar el petróleo».
Lamentablemente, el destino truncó de forma trágica la carrera del estadista más prometedor de la naciente democracia.
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