Cien años de multitudes
Así describe el héroe de Cuba José Martí al venezolano Miguel Peña: «Era de cara enjuta, aunque maciza; de ojos claros y vivos, llenos de empuje y de poder de examen… limpio de barba llevaba el rostro», y sigue el retrato interior o su dificultad: «ni dejó nunca de adivinar el pensamiento de los otros, ni fue nunca posible adivinar enteramente el suyo. Vestidos de cristal estaban los demás para él; y él para ellos de sombra».
El apóstol cubano visitó brevemente Venezuela y aquí escribió concisas biografías de Cecilio Acosta y Miguel Peña, como él, abogados. La del valenciano fue leída con motivo de la develación del busto que todavía está en la plaza de La Candelaria.
El de Martí sobre Peña es un texto maravilloso, conocido por pocos, donde expone sus dones como político: «Él hace de los rivales, apretados amigos; y de las guerrillas un ejército. Reúne un haz de rayos, y pónelo en las manos de Monagas. Aquella obra está hecha, juntos aquellos miembros de gigante: Creada en la República del bosque».
Esta última frase que subrayamos, polisémica, misteriosa, de resonancia ecológica, la volveremos a encontrar citada en praxis por los hombres de la Generación del Centenario (centenario de Martí, 1953). Un 26 de julio de ese año toman el cuartel Moncada, y en el juicio que se siguió a los atacantes, responde limpio de barba el rostro, el hoy centenario Fidel Castro. El autor intelectual fue José Martí.
La historia lo absolverá… y en la práctica política de los guerrilleros de la Sierra Maestra, en sus bosques inician programas de alfabetización, repartición de tierras a campesinos, expropiación de latifundios en manos extranjeras, atención sanitaria a las poblaciones rurales. Todas políticas públicas que luego caracterizarían a la revolución triunfante: «Creada la República en el bosque».
Podrán escribirse no uno, sino varios libros sobre la relación de Fidel Castro con Venezuela y sus políticos. El día del asesinato de Gaitán, que inició “el Bogotazo” que todavía hace temblar a Colombia, caminaban a unas cuadras del suceso dos jóvenes estudiantes exilados: Fidel y Rómulo Betancourt. La historia los colocaría años después como representantes de dos modelos para la América Latina: el comunismo y la socialdemocracia, la reforma y la revolución. Los jóvenes en Venezuela tomaron partido impulsivamente por uno o por otro.
Políticos más maduros latinoamericanos, amigos de Betancourt como Salvador Allende o Juan Bosch, optaron por un camino intermedio y fueron recibidos por un golpe de Estado o una invasión. Aun así, las nacionalizaciones como la del petróleo en Venezuela o su reforma agraria, permisada por USA, solo se entienden en el nuevo contexto provocado por la Revolución Cubana.
Decía Lichtenberg que también imitaba el que imita todo lo contrario. Y son rutas paralelas, pero en sentido inverso: los cambios entre el Rómulo de la Revolución de Octubre, y luego «padre» de la democracia, y el Fidel entre la Primera y Segunda Declaración de la Habana.
Fidel adquirió luego dimensión global, no solo por la crisis de los misiles, sino más bien por la geopolítica de la tri-continental.
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