Dayana Cristina Duzoglou: Después de la Tiranía
“La verdadera prueba de nuestra devoción por la libertad apenas comienza.” Nelson Mandela Hay preguntas que pertenecen a una época.
Hace algunos años escribí sobre una pregunta que parecía necesaria para comprender la Venezuela que estábamos viviendo: ¿es Venezuela un narcoestado? Aquella pregunta describía una realidad en la que el poder político, las instituciones, la economía, la justicia y las estructuras criminales parecieron mezclarse hasta hacer difícil distinguir dónde terminaba el Estado y dónde comenzaba el crimen organizado.
Pero hoy la pregunta es mucho más profunda.
Una nación no se reconstruye simplemente cambiando a quien ocupa el Palacio de Miraflores; se reconstruye cuando consigue desmontar las estructuras que permitieron a una élite apoderarse de las instituciones para convertirlas en instrumentos de control.
En este período en el que Venezuela intenta salir definitivamente de esta larga noche, tendremos que responder una interrogante mucho más compleja: ¿qué hacemos después de la tiranía? Y, sobre todo, ¿pueden antiguos colaboradores del régimen ser parte de la solución? Salir de una tiranía puede ocurrir en un día; reconstruir una República toma años.
El autoritarismo no vive únicamente en el despacho del gobernante: vive en los tribunales coaccionados, en los cuerpos de seguridad sometidos al poder político antes que a la Constitución, en las instituciones vaciadas de contenido, en los medios perseguidos o clausurados, en las empresas expropiadas y en los millones de venezolanos que debieron migrar.
La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de la ONU ha documentado durante años patrones de graves violaciones de derechos humanos, registrando en su informe de 2024 la dura represión posterior al 28 de julio.
Ante semejante devastación, la pregunta surge inevitable: ¿pueden antiguos colaboradores de la tiranía ser parte de la solución? La respuesta exige un pragmatismo frío pero delimitado por principios infranqueables.
En la mecánica de una transición, existe un abismo entre el funcionario técnico o burocrático que operó dentro del sistema para sobrevivir y aquellos actores que diseñaron o ejecutaron el engranaje de la represión y el secuestro institucional.
Ningún país se reconstruye desde la purga absoluta, pero ninguna República sobrevive si confía su refundación a los mismos arquitectos de su ruina.
Los colaboradores solo pueden ser parte de la solución si su incorporación responde a un proceso de quiebre real, cooperación efectiva con la justicia y sometimiento estricto al nuevo marco legal, jamás a la preservación de cuotas de impunidad.
Por ello, el verdadero desafío será desmantelar la arquitectura de control.
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