La dominación política después de Cristo
La dominación política después de Cristo no constituye, en absoluto, un asunto histórico ni un residuo de épocas pretéritas; por el contrario, se trata de una realidad viva que, en América Latina, respira con fuerza renovada a partir del año 2025.
Y es que, tras la matriz cultural cristiana que durante siglos moldeó las categorías del poder occidental, las estructuras de dominio no desaparecieron: se metamorfosearon en formas menos visibles, pero acaso más crueles.
En esta región, el legado colonial se entrelaza con una teología política que todavía define quiénes son los cuerpos sacrificables y quiénes los elegidos para la vida plena.
Como advierte Enrique Dussel, la modernidad se edificó sobre un mito sacrificial: el progreso europeo exigió la negación de los pueblos colonizados, a quienes se les impuso la categoría de “bárbaros” para justificar su dominación (p.
50).
Desde esta perspectiva, no resulta exagerado afirmar que la ocupación de América Latina nunca terminó; tan solo cambió de vestimenta, adoptando, entre otras, la máscara del desarrollo, la legalidad extractivista y la gobernanza securitaria.
Por ello, este estudio se propone explorar, desde la filosofía política, cómo la herencia cristiana y la ocupación colonial convergen en las formas actuales de dominación, particularmente en el umbral de 2025, cuando el continente enfrenta crisis múltiples y entrelazadas.
Nos interesa, sobre todo, desentrañar los mecanismos conceptuales y prácticos que sostienen ese orden, sin perder de vista la dimensión humana de quienes lo padecen.
Para delimitar con precisión el territorio conceptual de esta investigación, conviene comenzar por aclarar qué entendemos aquí por dominación política y por qué la vinculamos con la categoría de “después de Cristo”.
La dominación política no se reduce al ejercicio directo de la fuerza estatal; incluye, asimismo, la producción de subjetividades, la colonización del imaginario y la captura de los espacios de deliberación colectiva.
Aníbal Quijano lo expresó con claridad al señalar que la colonialidad del poder articula raza, trabajo y Estado en un patrón global de dominación que persiste mucho después de las independencias formales.
De ahí que, en América Latina, la cuestión de la dominación no pueda analizarse exclusivamente en clave de regímenes políticos, sino que exija atender a esa estructura profunda que organiza jerarquías sociales y naturaliza las desigualdades.
La referencia a “después de Cristo” no es, por supuesto, una mera periodización religiosa; alude, más bien, a la sedimentación teológico-política que atraviesa las categorías de soberanía, autoridad y obediencia en Occidente.
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