Los intocables
No hay razón —ninguna que aguante el sol de mediodía, ninguna que no huela a componenda de cafetín— para que no les hayan quitado hasta el último coroto: casas, carros, cuentas, finquitas, apartamentos en Miami, acciones, dineros en fondos de inversión, todo eso que esconden bajo nombres prestados de primos que nunca han trabajado o de amantes que no saben ni deletrear la palabra “offshore”.
Porque bien que saben dónde está cada dólar y cada euro, cada inversión, cada acción en empresas que existen y en otras que solo viven en carpetas manila.
Y sin embargo ahí están: intocados e intocables, como si caminaran por el país sin pisar los escombros que ellos mismos dejaron.
Esa indulgencia solo se entiende desde la lógica criolla del “útil mientras sirva”.
Los protegen mientras hacen el mandado, mientras cumplen la tarea que les asignaron en alguna oficina con aire acondicionado y café aguado.
Después, cuando ya no hagan falta, los soltarán como quien abre la puerta del corral y deja salir a la bestia con la cabuya enredada en la pata.
Que se pierdan por ahí, que se vayan sin hacer ruido, que nadie pregunte.
El procedimiento es de manual.
Primero los reclutan, les ponen el título de operadores, fixers, les dan acceso a puertas que deberían estar cerradas con candado y cadena.
Les permiten sentarse en mesas donde nunca debieron tener silla, negociar, mover plata robada, multiplicarla, esconderla en sociedades de papel, transferirla a nombres que ni ellos mismos recuerdan.
Les prometen impunidad, la salida limpia, sin polvo ni paja.
Y cuando ya hayan cumplido su “funcionalidad”, los dejarán deslizarse hacia la sombra, sin titulares, sin escándalo, sin que nadie los nombre.
Para entonces ya no importará si se sabe o no: el daño estará hecho, la plata lejos y bien protegida, y ellos también.
De aquí a unos años, cuando todo esto empiece a envejecer —como envejecen los cuentos que se repiten en las sobremesas— más de uno fingirá amnesia selectiva.
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