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Entre el Taita y el Libertador [II]

Analítica ·

La noche había vuelto a poner a Caracas en esa penumbra donde la historia parece caminar sin pedir permiso.

Sobre la mesa había tres copas, algunos libros y un silencio antiguo.

Frente a mí estaba José Antonio Páez, vestido de oscuro, con aquella mirada que debía haber visto demasiadas veces el horizonte de los Llanos como para sentirse cómodo dentro de una habitación.

A su lado, discretamente, seguía Simón Bolívar. —General—le dije a Páez—Ud. tiene fama de haber sido muchas cosas: llanero, guerrero, caudillo, presidente, exiliado, músico aficionado, lector, amante incorregible, aficionado a la ópera y hasta hombre de letras. ¿Cuál de todos esos Páez es el verdadero? Páez soltó una carcajada. —¡Todos, amigo mío! Lo que pasa es que ustedes los escritores quieren meter a un hombre en una sola caja.

Y yo nunca fui bueno para permanecer encerrado.

Bolívar sonrió. —Ni encerrado, ni quieto. —Eso sí es cierto, convino José Antonio. —¡No me venga Ud. con sus sermones, Libertador! —respondió Páez— Ud. tampoco fue un santico.

Los tres reímos.

Páez había nacido en Curpa [Estado Portuguesa-1790], en una familia humilde.

Su educación formal fue escasa.

Fueron los llanos, el trabajo, los caballos, el ganado y la necesidad los que terminaron formando al hombre. —¿Cuándo ocurrió la transformación de joven llanero y rural a guerra e intelectual? Páez bajó la mirada. —Después de la guerra.

Uno puede pasar años creyendo que la fuerza está en el brazo y descubrir-con los años—que la fuerza verdadera está en la cabeza.

A caballo viejo le dan sabana, decía un coplero de sus tiempos… —¿Simón Díaz? — ¿Cómo y de dónde sabe Ud. de él?. —¿Ud. piensa que la historia está dotada sólo de guerreros o presidentes?.

Bolívar intervino: —Siempre sostuve que la educación, el arte, la música, bailar y la buena composición, consolidarían la república.

El resto es arar en el mar.

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