Psicolabis
En el escenario de la política criolla, las reuniones de negociación —o de acuerdos, o como sea que les venga en gana llamarlas— tienen mucho de teatro de pueblo chiquito, pero con las repercusiones y consecuencias de una puesta en escena de alcance nacional.
Cuando hoy el telón se vuelva a levantar, se inicie una nueva ronda y las delegaciones de hunos y otros se vean las caras, la cosa no pinta la delicadeza ni la cortesía de una merienda de señoras en Los Palos Grandes.
Al volver a sentarse Dinorah enfrente, el menú que llevará en el morral no estará compuesto precisamente por piscolabis, suspiros de convento y dulcitos de mazapán, sino por un surtido bastante áspero de torpezas, reveses y descalabros que el régimen viene acumulando en la despensa.
No se trata de estocadas mortales, no nos engañemos; ya se sabe que el poder de la señora Delcy tiene una capacidad de recuperación que raya en lo milagroso y en lo descarado, y a ella todavía le quedan un montón de cartas en la doble costura de la manga.
Pero sí son tropiezos lo suficientemente pesados, feos y malolientes como para amargarle el café a cualquiera.
Son esos fiascos que no tumban al gobierno, pero que le ensucian los puños de la almidonada camisa antes de entrar al salón.
Ahora es cuando la cosa se pone sabrosa para el observador de patio.
Porque don Jorge, acostumbrado a ejercer el rol de vocero omnipresente y a llegar a estas citas con esa arrogancia de dueño de gallinero —masticando cada frase con el desdén del que se cree poseedor del mapa y las llaves del candado—, va a tener que tragarse un plato de realidad nada apetitoso.
Ese aire de sobrado, tan suyo, se le puede atragantar al primer choque de miradas.
La bandeja no va a llegar pelada ni mucho menos, porque la materia prima sobra.
Servido estará, para empezar, el aislamiento diplomático y la erosión del mito de la legitimidad.
El desconocimiento internacional tras las turbias maniobras, sumado a los roces y la distancia que han marcado incluso antiguos aliados regionales (Lula, por ejemplo), deja al descubierto una fachada que ya no la tapan ni los petrodólares ni la retórica antiimperialista.
A eso se le añade el peso aplastante de los expedientes en organismos multilaterales y tribunales estadounidenses e internacionales por violaciones a los derechos humanos, persecución política y la pelusa del narcotráfico: carpetas densas que son verdaderas piedras en el bolsillo para quien pretenda vender normalidad institucional.
En el frente socioeconómico, el mentado «milagro» que pregonaban se les volvió a desinflar ruidosamente en las manos.
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