Soledad Morillo Belloso: Un venezolano en el siglo XV
Miren, a mí nadie me quita de la cabeza que Cristóbal Colón era el propio venezolano atrapado en el siglo quince.
A ver, piénsenlo un segundo con calma y sin apasionamiento: el tipo no tenía un solo medio en el bolsillo, andaba pelando la bola pareja, pero tenía una parla, una labia y una guataca de tal magnitud que, luego de pasearse por cuanto palacio pudo, llegó a la corte de Castilla y convenció a los mismísimos Reyes Católicos de financiarle una locura que no tenía ni pie ni cabeza.
Isabelita, en un arranque de fe ciega o de pura desesperación por quitárselo de encima, terminó empeñando hasta las prendas del bautizo, los anillos de la abuela y el tetero de plata para darle tres carabelas viejas que, si uno las mira bien con ojos de hoy, tenían toda la mismísima cara de tres carritos por puesto destartalados de la ruta La Hoyada-Caricuao, pero flotando a duras penas en medio del Atlántico.
La Niña, la Pinta y la Santa María; esta última, de paso, era la más pesada, la más lenta, la propia cacharra del grupo que se quedaba accidentada a cada rato, pasaba aceite imaginario, le fallaba hasta el timón y pedía empujón en cada ola.
Arrancaron aquel viaje a ciegas, sin GPS, sin Waze, sin punto de venta y sin la menor idea de dónde demonios estaban.
Pasaron más de dos meses metidos en esas chatarras de madera crujiente, comiendo pan duro como una piedra, agua empozada con verdín y galletas caminadoras que se movían solas de la cantidad de gorgojos que tenían.
Aquello ya no tenía nada de heroica expedición marítima; aquello era la viva imagen de una cola interminable para la gasolina, pero con mareíto y en alta mar.
Y el tipo, como todo buen venezolano al volante un domingo por la tarde cuando la familia amontonada en el asiento de atrás empieza a fastidiar y a preguntar si falta mucho, respondía muy fresco desde la popa: “¡Tranquilos, mis panas, no entren en pánico que ya estamos ahí mismito, doblando a la derecha tras de ese cardumen!”.
La tripulación, que por supuesto no tenía un pelo de boba y ya no le compraba el cuento ni regalado, estaba a punto de armarle una marcha, una guarimba y un cacerolazo feroz con los sartenes de la cocina en plena cubierta para tirar a Cristóbal a los tiburones por embustero y demagogo.
Hasta que, por fin, en la oscurana de la madrugada del 12 de octubre, Rodrigo de Triana —el pobre pana que llevaban encaramado horas enteras en el poste más alto de la vela buscando aunque fuera una rayita de señal de internet — pegó aquel alarido histórico que casi rompe los tambores del océano: “¡Tierra a la vista!”.
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