Respuesta
En 1949, mientras muchos disfrutaban de la comedia musical «Calabacitas tiernas», protagonizada por Germán Valdés, “Tin Tan”; y otros se estremecían por «La oveja negra», estelarizada por Fernando Soler y Pedro Infante, llegaba un pensador universal a México.
Pisaba territorio Erich Fromm.
Arribaba de los Estados Unidos perseguido por poderosos enemigos de su punto de vista crítico y heterodoxo.
El clima político posbélico estaba punzante en la nación del norte.
Paradójicamente quien había salido de su Alemania natal por culpa del nazismo ahora tocaba el país lindo y querido espoleado por el oscurantismo.
La cacería de Joseph McCarthy por su presunta filiación comunista le costaría el autoexilio al intelectual de origen judío.
La búsqueda de aires más cálidos para taimar los padecimientos artríticos de su esposa lo haría moverse hacia otros lares.
Las aguas termales lo llamarían y la Universidad Nacional Autónoma de México le abriría sus puertas.
Aquí terminaría siendo profesor emérito.
Más de dos décadas sembraría fructífera cátedra.
Hasta 1973.
La presencia de Fromm se haría sentir en el Instituto Mexicano de Psicoanálisis, así como en sus profundos estudios sobre las comunidades indígenas locales.
También en importantes revistas científicas.
Una vez establecido en su nuevo hogar llegaría a entablar relaciones con Iván Illich, con Paulo Freire y con Daisetz Teitaro Suzuki, respectivamente.
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