Odisea
Decía Jorge Luis Borges que solo existen dos historias: el combate, expresado en La Ilíada, y el regreso, narrado en La Odisea. Al cursar la epopeya de Gilgamesh, el Ramayana, el Mahabharata, Simbad, el Quijote, Gulliver, encontramos solo variantes de dichos temas. Una narrativa sobrevive en la medida en que nos expresa. Cada cierto tiempo acompañamos de nuevo al paciente, divinal Odiseo Laertíada, del linaje de Zeus, en la sosegada lectura o en sus insoportables tribulaciones, porque son las nuestras.
Al torbellino del cotidiano combate nos llaman el deber, la curiosidad de probarnos o la soberbia. Tras la gloria asoma su torva mueca el pillaje. A la refriega se va esperando la rápida victoria. Cuando el conflicto se eterniza, el cansancio cede terreno a la razón y esta a su hijo bastardo, el ardid. En la batalla peleas por intereses que no necesariamente te pertenecen. Concluida, agotas tus fuerzas por volver a lo íntimamente tuyo. Solo el regreso te pertenece.
En la guerra los hombres piden ayuda a las divinidades. Justamente, el paciente divinal Odiseo se granjea la enemistad de las más poderosas: Zeus, padre de los dioses, Helios, titán del Sol y Poseidón, soberano del mar. Todo gran destino es batalla contra omnipotencias; ya desafiarlas es victoria. El océano es el tiempo o, mejor, el infinito, anónimo, inescrutable. Apenas medido por sus regulares ondas o sus rabietas incontroladas. Mar o tiempo son caminos que afrontamos solo para dejarlos atrás, sin otro aparente propósito que sus peligrosas costas o sus puertos traicioneros. Darse a las aguas es encontrar la medida de nuestra insignificancia. Y sin embargo, aferrarse al timón en las guardias de la medianoche, sin más compañía que las solitarias estrellas, puede en sí mismo parecer un destino.
Todo viaje es aprendizaje. Un mar abierto se cruza rumbo al combate y otro lleno de obstáculos de regreso de él. En el primero tratas de apropiarte de lo que pertenece a otros: botín, mujeres, sabiduría. Solo en el segundo retornas a lo único que te pertenece: hogar, tierra, recuerdos. Las pedradas de los hostiles lestrigones, los lacerantes cantos de sirenas, las voluptuosas metamorfosis de Circe, los lotos que prodigan el olvido, los sensuales brazos de Calipso, incluso el lecho conyugal que nos espera en Ítaca no son más que intervalos, distracciones del curso en el líquido tiempo de las vastas soledades del mar.
A la par de los días o las olas mueren los camaradas. Los tramos del viaje son islas en la eternidad. En unas somos devorados por cíclopes, apedreados por lestrigones, mordidos por las séxtuples cabezas de Escila, sumidos en el vórtice de Caribdis. En otras, nos devoramos a nosotros mismos: en el olvido de las hojas de loto, los embrutecedores abrazos de Circe, las confortantes caricias de Calypso, el irresistible canto de sirenas, la sombra del reino de la muerte, donde el adivino Tiresias nos revela que es preferible ser un esclavo en vida que monarca entre difuntos. Para las diosas que en nuestra errancia conocemos, somos también monstruos que hieren, matan o abandonan. Para los míseros mortales, amar a una diosa es el único sorbo del licor de la trascendencia.
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