El mito de las buenas prácticas y el modelo chino, por Oswaldo Toscano
Desde tribunas asociadas a ciertos organismos internacionales se suele repetir que, para prosperar, las naciones pobres deben desarrollar tribunales independientes, burocracias meritocráticas y derechos de propiedad.
En otros espacios, como las redes sociales, también es común encontrar publicaciones que atribuyen el crecimiento de China a la adopción tardía de esas instituciones propias del capitalismo liberal.
Esta visión confunde causas con efectos.
Parafraseando a la experta en economía política Yuen Yuen Ang, exigir instituciones avanzadas a una nación pobre equivale a pedirle a un niño que use zapatos de adulto para aprender a caminar.
El desarrollo económico de China no se logró siguiendo esa receta, por lo menos no en el orden que se prescribe en Occidente.
Usar lo que hay a mano En su libro How China Escaped the Poverty Trap (2016) , Ang sostiene que el desarrollo no funciona como una máquina predecible, sino como un ecosistema complejo.
China no escapó de la pobreza importando modelos occidentales, sino en un proceso mucho más dinámico.
Estado y mercado se transformaron mutuamente de forma coevolutiva.
Contradiciendo las recetas que nos ofrece la ortodoxia económica, China, antes de construir instituciones modernas, resolvió problemas prácticos con las herramientas imperfectas que tenía a la mano.
Tras el desastre del maoísmo en los años 70, China carecía de leyes comerciales y de protección a la propiedad privada.
En lugar de detenerse esperando reformas formales, el gobierno aprovechó instituciones existentes.
Un ejemplo emblemático fueron las Empresas de Pueblo y Aldea.
Estas empresas son la herencia de las empresas de comuna y brigada, impuestas al sector rural en el proceso de colectivización forzosa de Mao.
Una vez que el modelo colapsó, estas instituciones se reorganizaron asumiendo el rol de una fuerza empresarial sustituta.
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