La erosión del alma colectiva: ¿La mentira o la cultura de las apariencias?
¿Existen realmente las mentiras piadosas o blancas? ¿Son las mentiras necesarias en determinados casos? ¿Se puede justificar, bajo alguna circunstancia, el engaño? ¿Acaso las personas que viven atrapadas en la cultura de las apariencias no están, de alguna manera, mintiendo de forma continua? ¿Se les pudiera calificar de mentirosos? ¿Estafar y mentir son esencialmente lo mismo? ¿Nos encontramos hoy en un mundo donde se premia la falsedad? Les confieso que me causa una profunda inquietud ver cómo tantas personas idolatran la mentira, teniendo como referentes o ídolos a figuras envueltas una y otra vez en situaciones relacionadas con la estafa y la corrupción o lo turbio. ¿Por qué ocurre esto? Quisiera comprender ¿Qué está pasando en el alma de la gente? ¿Qué se ha fracturado en la estructura espiritual y emocional de nuestra sociedad para que los valores fundamentales hayan perdido su peso, su significado y su valor real? Y, sobre todo, ¿por qué resulta tan vital e impostergable volver a poner LA VERDAD en el centro de nuestras vidas? Hacerme estas preguntas no nace de un afán de juzgar desde la acera de “en frente”, sino del compromiso diario que asumo conmigo misma y con ustedes para mantener la sanidad emocional, la ética y la coherencia espiritual.
Vivimos en tiempos paradójicos donde la hiperconectividad nos exhibe constantemente, pero donde la autenticidad parece escasear y abunda el SHOW, la mayoría de las veces “DE MUY MAL GUSTO”.
La idea de la «mentira piadosa» o «blanca» se ha instalado como un recurso socialmente aceptado para evitar conflictos o suavizar realidades incomodas.
Sin embargo, cuando analizamos la mentira desde la psicología clínica y los estudios de la neurociencia, descubriremos que toda alteración consciente de la verdad genera un costo emocional y hasta orgánico, tanto para el mentiroso como para la “estructura social” que la tolera.
Desde la neuropsicología, estudios realizados con resonancia magnética funcional demuestran que mentir —sin importar la magnitud de la falsedad— somete al cerebro a un esfuerzo cognitivo desproporcionado.
El Dr.
Tali Sharot, neurocientífico del University College London , ha documentado el fenómeno de la «adaptación cerebral a la deshonestidad».
En sus investigaciones se observa que cuando una persona miente por primera vez, la amígdala cerebral se activa fuertemente, generando una respuesta de malestar, culpa y estrés fisiológico. ¡Cuidado! Yo creo que ya son pocos los que experimentan remordimiento por el engaño. ¿Por qué? Porque a medida que la mentira se repite o se justifica bajo la etiqueta de «piadosa» o “necesaria”, la respuesta de la amígdala disminuye progresivamente.
Tristemente, está comprobado que el cerebro se desensibiliza al engaño.
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