Gracias Messi, por Alexander Cambero
X: @alecambero Un jugador pequeño y ágil, como cuando saltaba charcos en las sencillas calles de La Bajada, entre el esfuerzo de los trabajadores y la escasez en el hogar de los más pobres en la Rosario de los escapularios desgastados por tanto sufrimiento y súplica.
La ciencia determinó que tenía un déficit en la hormona del crecimiento.
Para poder alcanzar un poco de estatura, iba a necesitar un costoso tratamiento.
El fútbol se convirtió en el combustible que lo transformó en un gigante con la grandeza de la tierra.
Sus inicios mostraron que era un fenómeno en desarrollo.
Aquellos malabares de un zurdo casi enano deslumbraban a una tribuna que cada semana se llenaba más para verlo.
Su talento estaba ahí, desarmando a los rivales, que debían formarse en fila india frente a su arco intentando evitar que la magia los ridiculizara, como ocurría casi siempre.
Sin embargo, el excepcional artista enfrentaba una patología que actuaba como un severo árbitro capaz de sacarle tarjeta roja a la ilusión.
Llamaron a las puertas de River Plate en Buenos Aires, pero lamentablemente no se abrieron.
El tratamiento era lo suficientemente costoso y muchos dudaban de que pudiera superarlo.
Su padre, Jorge Messi –quien lamentablemente ya no está– se arriesgó y, con solo trece años, lo llevó al Barcelona.
Meses de incertidumbre, lágrimas y dudas sucedieron.
Hasta que un día, Carlos Rexach, secretario del Barça, lo firmó en un club de tenis, con la particularidad de que el acuerdo se formalizó en una servilleta.
Lo demás es historia.
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