Elogio a la imperfección humana, por Fernando Mires
X: @FernandoMiresOl Si pensamos al pensamiento veremos que el pensamiento es muy asociativo.
Pensamos con asociaciones y una de las más preciosas herramientas del pensamiento, la llamada memoria, actúa permanentemente en medio de nuestras frases.
Por lo mismo, el pensamiento, al ser asociativo, saca siempre a relucir trozos del pasado, del más reciente, y del más pasado.
Así he llegado a entender por qué uno de mis escritores favoritos (en este periodo invernal de mi vida, el más favorito) sea el noruego Jon Fosse.
Lo es porque cuando escribe lo hace pensando, o sea, escribe como se piensa, a veces sin comas ni puntos, de modo reiterado y majaderamente repetitivo.
En ese punto Fosse lo hace mejor que Faulkner y Joyce.
Justamente por eso Fosse no gusta a muchos: escribe deliberadamente de modo imperfecto porque no le gusta escribir de modo perfecto.
Y esa es su gran virtud.
Pensamos de modo imperfecto y ello se deja ver cuando hablamos, pues nadie habla de modo perfecto, sin interjecciones, sin silencios repentinos, sin repeticiones y, como es el caso del que aquí escribe, con la ayuda de las manos, sobre todo cuando la palabra que busco no quiere llegar.
Pensamos de modo imperfecto, y es bueno que así sea, porque si pensáramos de modo perfecto, dejaríamos de pensar, o lo que es lo mismo, dejaríamos de ser.
Pensamos de modo imperfecto porque pensar es perfeccionar lo no pensado que, si no fuera imperfecto, no podríamos pensar.
Y eso es y será así, ya que pensar de modo imperfecto es precisamente pensar y, pensando, somos.
Pensar es ser, ser es pensar.
El cogito cartesiano ha sido hasta ridiculizado.
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