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El amor no siempre se mide en lágrimas

El Carabobeño ·

No soy llorona, nunca lo he sido.

Mucha gente se asombró por mi actitud cuando murieron mis padres.

Mi mamá se fue en 1988 y, mientras mi padre estaba desconsolado, yo era un roble.

Luego se fue mi hermano Miguel Ángel, mi hermanito que me trajo el Niño Jesús con cuatro meses de atraso, porque en vez de llegar en diciembre, nació en abril.

Se lo llevó un cáncer en 2017 y, aunque estaba rota por dentro, tampoco lloré.

Luego, al año siguiente, mi padre, y nada: las lágrimas no salieron.

Ahora me tocó ser viuda.

Se me fue mi compañero de vida, mi amor, mi mejor amigo, el padre de mis hijos, y no lloré.

Tal vez una lágrima se me haya escapado, pero no, no lloré.

Hay gente que me dice: “Ya te llegará el momento, ya llorarás, necesitas hacerlo”.

Pero creo, es más, estoy convencida de que, como sé que todos ellos están gozando de la Gloria de Dios Padre, debo celebrar su partida, no llorarla egoístamente. ¿Soy animalera? Claro que lo soy.

Mi casa de Guaparo parecía una finca, no por el tamaño, sino por los animales que teníamos.

Perros y gatos que, por supuesto, hacían vida en común, como hermanos, durmiendo unos sobre otros sin problemas.

Pero es que mi papá disfrutaba mucho de ellos, así que llegamos a tener una yegua, un mulo, una vaca, gallinas, iguanas, un loro, un mono y una pereza.

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