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Ser ciudadano, por @ArmandoMartini

La Patilla ·
Ser ciudadano, por @ArmandoMartini

Se pronuncia con emoción, solemnidad y exigua comprensión.

La invocan en discursos, resaltan en documentos oficiales y la recuerdan con entusiasmo en tiempo electoral; para luego descubrir con asombro, que tienen la desagradable costumbre de pensar, preguntar y, en ocasiones, no estar de acuerdo.

Es entonces cuando la democracia comienza a parecer un negocio mal administrado. ¿Qué significa ser ciudadano? No solo consiste en poseer nacionalidad, tener cédula de identidad o pasaporte; tampoco en votar, pagar impuestos y guardar silencio mientras otros deciden qué hacer; aunque son parte de la ciudadanía, no constituye su esencia.

El país no es un feudo del Gobierno, partido político, grupos poderosos, o de quienes confunden el poder transitorio con un título de propiedad eterna; pertenece a quienes lo habitan y deberán recibirlo en el futuro, tan elemental, que incomoda y produce ansiedad.

El ciudadano genuino, no es el que aplaude esperando recompensa, ni el que insulta en deseo de ocupar su puesto; es quien concibe el poder con límites, que las instituciones no son adornos de la República y ninguna autoridad está por encima de la ley.

Las poblaciones pueden acostumbrarse a la humillación, injusticias, carencias, corrupción, inflación, y, sin embargo, lo peligroso es convertirlo en normalidad junto a otras desgracias, para terminar, organizando la existencia alrededor de infortunios.

La resignación es eficiente, no necesita presupuesto, ni rinde cuentas, pero consigue que los ciudadanos se conviertan en espectadores de su decadencia.

La humanidad posee habilidad para elegir a sus gobernantes y luego sorprenderse que gobiernen; tiene el hábito de confundir popularidad con virtud, propaganda con verdad y obediencia con patriotismo.

Si un político promete resolver cualquier cosa, muchos le entregan su confianza, si después concentra el poder, algunos le agradecen la amabilidad de concentrarlo.

La ciudadanía empieza donde termina esa ingenuidad.

Un ciudadano no entrega su conciencia a cambio de una bolsa de alimentos, ayuda económica, empleo público o promesa electoral.

Puede necesitarlas, y mezquino reprochar a quien vive en la precariedad, no obstante, los derechos no son regalos del poder, sino garantías que deben protegerlo.

La diferencia es inmensa, quien recibe un favor queda expuesto a la gratitud obligatoria, los que ejercen un derecho pueden exigir que se los respeten.

En el primer caso, el gobernante aparece como benefactor, en el segundo, el empleado público recuerda que trabaja para la sociedad.

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5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.lapatilla.com — el contenido pertenece a La Patilla.

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