Te estás equivocando, Dinorah
Las declaraciones de Dinorah no son brújula: son un temblor.
Habla con solemnidad, como si el país estuviera esperando una voz que ordenara el caos, pero lo que entrega es un espejismo.
Repite que el chavismo entregaría el poder si pierde, como quien sostiene una cuerda que no sabe si está amarrada a algo.
Esa frase, tan celebrada por algunos, es en realidad una confesión involuntaria: si un régimen promete entregar el poder “si pierde”, es porque el poder sigue sintiendo que tiene el poder, que no está sometido a reglas, sino a capricho.
Y repetirlo sin desmontarlo es aceptar que la arbitrariedad puede disfrazarse de compromiso democrático.
Dinorah intenta instalar la idea de que estamos ante un “inicio”, una apertura, un movimiento.
Nada más alejado de la realidad.
Esto no empezó en agosto.
El calendario marca que estamos en septiembre y a la señora interina la instalaron, sin consulta al soberano, en enero.
Lo que se ve —lo que se siente— en las declaraciones de Dinorah es una oposición negociando desde la periferia, mientras el centro del poder permanece intacto, blindado, impasible.
Sus palabras sostienen la narrativa de que esta vez sí, que ahora sí, que por fin se abre una puerta.
Pero las puertas no se abren con discursos: se abren con fuerza política, y esa fuerza, hoy, no ha cambiado de manos.
Y al tutor parece no interesarle que las cosas cambien.
Cuando Dinorah asegura que la negociación no desplaza a María Corina, lo que hace es administrar fracturas internas, como quien intenta que un edificio cuarteado parezca sólido si se ilumina desde el ángulo correcto.
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