Julio Castellanos: El aburrido pero eficaz gerente público
Luego de la instalación de la chucuta comisión de diálogo entre la Asamblea 2015 y el gobierno de facto, los distintos actores políticos, tirios y troyanos, han terminado por exteriorizar, con sus matices, la necesidad de un proceso electoral con suficientes garantías de transparencia, pluralidad y competitividad.
En el Delcinismo parecen inclinarse por unas elecciones municipales, para Enrique Márquez, más allá, habla de elecciones gremiales, sindicales y hasta comunales.
Para sorpresa de nadie, los “dirigentes” de los partidos judicializados coinciden con el Delcinismo.
Para Vente y Acción Democrática en resistencia, las dos organizaciones de oposición con auténtica fuerza electoral y de base en todo el territorio nacional, las elecciones deben ser presidenciales, libres y justas, en las que todas las candidaturas tengan libertad para competir, incluyendo, lógicamente, la candidatura de María Corina Machado.
Todo debe terminar en unas elecciones, hasta Mario Silva parece estar convencido de ese final.
Ahora bien, nuestro país debe aprender lecciones muy duras para no repetir los errores pasados.
En 1998 fue electo Hugo Chávez, su discurso fue la confrontación entre los venezolanos, “freír la cabeza de los adecos”, sacar a los militares de los cuarteles para que dirigieran, o más bien destruyeran como ejército de ocupación, toda la administración pública y el destino de la nación.
El país se dejó seducir por la violencia, por las bajas pasiones de un ser díscolo que solo podía verse a si mismo como un monarca, con ínfulas de liderazgo internacional, rodeado de un pueblo que no se cansaba de aplaudir sus disparates.
Ese error histórico es un lujo que no nos podemos permitir.
Hugo Chávez definía y cambiaba el rumbo del país cada fin de semana, frente una cámara, en una cadena o en un “Aló, presidente”, sin que hubiera oportunidad para el debate, para la meditación o intercambio de ideas.
Era el comandante supremo que ordenaba y el país obedecía, aplaudía o se le reprimía.
Nada más incompatible con la democracia, las instituciones republicanas y con el estado de derecho.
Caímos en el abismo en que estamos por ese discurso y esas prácticas dictatoriales que al principio generaban aplausos y luego lágrimas.
Los próximos gobernantes de Venezuela, en primera instancia, deben ser electos por el pueblo a través del voto universal, secreto y directo.
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