Qué hay detrás de un agitador cultural
Por @andreinamujica —¡Monsieur Cochon, Monsieur Cochon! —le gritaban los niños frente a la Ópera Garnier a Nelson.
Él, serio como un buen cochino enmascarado, se les acercaba y les saludaba.
Desde ese día en París pasaste a ser Mon Cochon.
En aquella ocasión llegaste de Corea de una exposición; por supuesto yo calculé mal la hora y, curiosamente, mientras yo tomaba fotos en un barco de turistas en el Sena, tú te dabas un baño con todo y maletas bajo esos raros aguaceros parisinos.
Aún no entiendo cómo sigo viva, y eso que intenté arrojarme al río, pero me dio cosa con la cámara.
Al día siguiente arrancamos con el proyecto «Nelson de gira con su cabeza de cochino».
Fuimos al cementerio porque le ibas a rendir homenaje a Rin Tin Tin (checklist); también teníamos que robarnos tu foto en el Museo de Orsay con El origen del mundo (L’Origine du monde, 1866), la icónica y provocadora pintura realista de Gustave Courbet; también lo hicimos.
A pesar de que pocas veces me regañabas, entramos al baño, que era unisex; yo tengo y mantengo la manía de saludar en lo que hago contacto visual, y con ese acostumbrado entusiasmo salí del baño y en el espejo tú, junto a una señora, te lavabas las manos.
Salí y al verla salté de emoción: «¡BONJOUR!».
A la doña casi le da una vaina.
Te volteaste y me dijiste: «Coño, tienes que dejar esa vaina, asustas a la gente».
Nos reímos juntos y nos fuimos al café para que ejecutaras el ritual de la Coca-Cola.
La pedías con mucho hielo, lo cual hacía que el mesonero te pelara los ojos como si fueras terrorista.
Luego de esperar unos minutos a que agarrase la temperatura adecuada, ibas hasta el fondo; cuando te regresaba la voz, sentenciabas: «Si no sale una lagrimita es que no se hizo bien».
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