El 11 de septiembre y el destino
El 11 de septiembre de 2001, los Estados Unidos sufrieron el ataque terrorista más mortífero y trágico de su historia, un acontecimiento del que se acaba de cumplir un nuevo aniversario.
Recuerdo que a mediados de aquel año se estrenó la película Pearl Harbor, basada en el sorpresivo ataque japonés que forzó la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.
Fui a ver el film con mis hijos y, al salir, les comenté que un ataque de esa magnitud en suelo estadounidense era casi imposible de repetir, pues el país contaba con la inteligencia y la tecnología para detectar cualquier amenaza con suficiente anticipación.
El 11-S me hizo quedar mal, aunque, en mi descarga, bien sabemos que ningún organismo de inteligencia logró preverlo a tiempo.
Los Estados Unidos reaccionaron como lo hacen las sociedades avanzadas.
Activaron de inmediato, en medio del dolor y el luto, las investigaciones para extraer aprendizajes de la tragedia.
Diversas instituciones académicas y científicas iniciaron estudios para evaluar el impacto psicológico y emocional en la ciudadanía.
Las primeras reacciones fueron de incredulidad, ira y temor.
Sin embargo, en encuestas a escala nacional, la empatía y la compasión —esa tristeza compartida al ver sufrir a otros— superaron con creces a las emociones destructivas.
Asimismo, en una muestra de miles de neoyorquinos, los investigadores hallaron que cerca del 90 % buscó consuelo en la religión, incluyendo a personas que no se consideraban creyentes.
Demostraron que, hasta en la Gran Manzana, ¡todos se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena! Cada año por estas fechas, la televisión transmite especiales rememorando los hechos.
En uno de ellos entrevistaron a personas que trabajaban en el World Trade Center, pero que por alguna razón no asistieron esa mañana.
Destacaba el caso de Larry Silverstein, el empresario inmobiliario que el 24 de julio de 2001 había firmado el arrendamiento de las Torres Gemelas.
Durante los 49 días siguientes, desayunó diariamente con sus inquilinos en el restaurante del piso 107 de la Torre Norte; pero esa mañana tenía una cita médica de rutina y se salvó de morir.
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