Estados Unidos y la deuda: cuando gobernar el presente significa hipotecar el futuro, por Alfonzo Bolívar
Durante más de tres décadas, Estados Unidos ha demostrado una extraordinaria capacidad para crecer, innovar, superar crisis y continuar siendo la principal referencia financiera del mundo.
Sin embargo, detrás de esa fortaleza existe una tendencia que debería preocupar tanto a republicanos como a demócratas: el crecimiento persistente de la deuda nacional.
El problema no comenzó con un solo presidente ni puede atribuirse exclusivamente a un partido.
Es el resultado acumulativo de decisiones políticas, crisis económicas, guerras, reducciones de impuestos sin recortes equivalentes del gasto, expansión de programas sociales, crecimiento de obligaciones permanentes y una burocracia que, una vez creada, resulta extraordinariamente difícil de reducir.
Las cifras ayudan a comprender la dimensión del fenómeno.
Aproximadamente, la deuda nacional pasó de US$4.19 billones al inicio de Bill Clinton a US$5.73 billones al terminar su administración; llegó a US$10.63 billones con George W.
Bush; a US$19.95 billones con Barack Obama; a US$27.76 billones después del primer mandato de Donald Trump; y a aproximadamente US$36.2 billones al concluir Joe Biden .
Pero sería intelectualmente incorrecto limitar el análisis a preguntar quién agregó más dólares a la deuda.
Cada administración enfrentó circunstancias económicas diferentes y, sobre todo, tomó decisiones cuyos costos frecuentemente fueron heredados por la siguiente.
Clinton: crecimiento, disciplina fiscal y una excepción histórica Bill Clinton llegó a la Casa Blanca en 1993 con una deuda cercana a US$4.2 billones y dejó una cercana a US$5.7 billones.
El incremento aproximado fue de 37%, el menor entre las administraciones consideradas en este análisis.
Su período coincidió con una expansión económica extraordinaria, el auge tecnológico, crecimiento del empleo y fuertes ingresos tributarios.
Pero sería injusto atribuir el resultado únicamente al ciclo económico.
La combinación de una Casa Blanca demócrata y un Congreso republicano después de 1994 produjo confrontaciones políticas, pero también una presión efectiva para controlar el gasto y equilibrar las cuentas públicas.
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