El poder de la incertidumbre
La ciencia avanza planteando dudas y formulando preguntas, y cada hallazgo abre una puerta a otras fronteras del entendimiento. Esta característica intrínseca constituye una de sus fortalezas, ya que permite corregir, contrastar, responder, avanzar y volver a medir. Ahora bien, en ocasiones, cuando la incertidumbre científica sale del laboratorio y entra en la conversación pública, puede adquirir una nueva dimensión y dar pie a afirmaciones sustentadas más en la repetición que en la evidencia.
Es entonces cuando aparece el argumento ad ignorantiam, o «llamada a la ignorancia», que consiste en atribuir credibilidad a una afirmación porque carece de pruebas que la descarten, o en rechazarla porque falta una demostración concluyente. El salto parece pequeño, pero les separa un abismo y sus efectos pueden ser enormes. Una duda legítima se convierte en una certeza aparente y una posibilidad remota comienza a circular como una explicación probable.
La ventana de Overton ayuda a comprender cómo las sociedades establecen un rango de ideas aceptables para la discusión pública. Este rango cambia, de modo que una proposición que ayer parecía descabellada puede convertirse primero en un tema habitual de conversación, después en una demanda social y, por último, en una política concreta. Este desplazamiento puede ser positivo cuando incorpora conocimiento y evidencias, aunque puede ser negativo cuando la popularidad sustituye a los hechos.
Ambas ideas se encuentran y la incertidumbre puede servir de pasarela para que una afirmación infundada entre en el espacio de lo debatible. La rapidez con la que se difunden las noticias en las redes sociales ha demostrado que primero surge como pregunta, luego gana presencia en los titulares y su circulación como «tendencia» crea una impresión de plausibilidad. Durante este proceso, la evidencia puede que siga siendo la misma, pero cambia la percepción colectiva sobre el grado de credibilidad.
Por ello, una política responsable de comunicación de la ciencia debe mantener abiertas las puertas a preguntas incómodas e hipótesis nuevas, pero al mismo tiempo debe delimitar claramente entre «posibilidad, probabilidad y evidencia». Esta frontera protege el debate público y contribuye a que las decisiones sobre riesgos, salud, energía, ambiente o tecnologías emergentes se basen en razones objetivas.
Una sociedad madura admite la duda, pero también exige método. Preguntar nos ayuda a ampliar nuestra comprensión del mundo y contrastar fortalece nuestras decisiones. De ese equilibrio surge una ciudadanía capaz de escuchar ideas nuevas sin confundir notoriedad (o número de «Me gusta») con verdad. Debemos insistir en nuestra capacidad, primero individual y después colectiva, de transformar la incertidumbre en mejores preguntas que den lugar a investigaciones con respuestas claramente comprensibles para la propia comunidad.
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